l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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martes, 5 de agosto de 2008

Volando vengo

Joan Laporta dice que el catalán es el idioma vehicular del Barça. Pobre hombre. Todavía no se ha enterado de que el fútbol, en sí mismo, es un idioma universal. Será por eso que al Barça le va como le va. Los jugadores hacen horas extras en clase de dictado junto a Carod-Rovira y luego los resultados deportivos se resienten. No importa que no traigan ni un mísero trofeo a las antaño espesas vitrinas azulgranas: la mayor gloria no es que Ronaldhino meta goles, sino que sepa pedir el postre en catalán. Antes daba gusto ver a Eto'o quemando el césped al paso de sus botas. Ahora la afición se conforma con verle bailar la sardana cada fin de semana en el Camp Nou.

El Barça, efectivamente, es más que un club. Con Laporta al frente, también es un buque que se hunde. Como Cataluña, el Barça es un estado de la mente, y depende mucho del fervor de sus fieles para continuar su peregrina existencia por esos mundos alados donde los Païssos Catalans extienden sus reales desde Zaragoza hasta Aix-en-Provence. O incluso más allá. Es posible que la expedición azulgrana sufra un shock cuando desembarque en Chicago y oigan hablar por todos lados la lengua de Cervantes. Quizá Laporta exija que ningún periodista de los varios diarios y radios hispanohablantes les pregunte directamente en el español de allá, ese acento neutro que tanto recuerda a la voz del oso Yogui. Es mejor mantener a su equipo en la ficción de que Jaime I el Conquistador llegó a México antes que Cortés y que Roger de Flor fundó San Francesc.




La cuestión del dinero es otro cantar. Demuestra que el tópico del catalán tacaño es un mito sin fundamento, sobre todo cuando le toca pagar a otro (en este caso, a los pobres panolis yanquis que habían contratado el viaje). Para Laporta la patria es la pela pero la pela no es exactamente la patria: Cataluña es un concepto más global. Quizá por eso el Barça eligió una compañía extranjera, para aclararnos que ellos no necesitan a España para nada y, de paso, demostrar que la crisis mundial no les afecta lo más mínimo. En plena catástrofe económica, se permiten el lujo de tirar por la borda 300.000 euros por un vuelo lingüísticamente incorrecto y contratar otro, más gordo y más grande, que los lleve hasta Chicago sin molestas escalas en la realidad.

Margalida Tous y Joan Puig, el Pepito Piscinas de la política nacional, están encantados con este gesto tan patriota por una parte (y tan español por otra). Sólo un español a carta cabal, de los de servilleta en el cuello estilo Felipe II, haría un despilfarro tan memo y tan insensato. A mí me hubiese parecido mejor gesto que el Barça hubiese contratado un avión de Spanair, a ver si esos 300.000 euros podían cubrir el hueco de los 600 empleados que se van a ir a la calle. Pero Margalida y Joan no. Ellos preferirían que se llamara Catalanair.






(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el lunes 4 de agosto de 2008)

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martes, 15 de abril de 2008

España, qué melonar

'España... qué melonar' dijo Juan Ramón Jiménez. No le faltaba razón al hombre. Es el único país del mundo, que yo sepa, donde la autoridad se inmiscuye en asuntos filológicos, tocándole las narices a los comerciantes con los rótulos de sus tiendas o a los niños con el idioma que se les ocurre hablar en el recreo. Desde el verano de 2003 escribo para la edición balear de El Mundo y casi siempre me encuentro algún melón político con el que probar el cuchillo. Ayer, lunes, tocó una sandía. O sandia, que, cuando es tonta, admite los dos modos.





INMERSIÓN, INMERSIÓN

Hace muchos años que la inmersión lingüística en las Baleares ha ocupado la categoría de reclutamiento forzoso. Así que no se entiende muy bien a qué viene rasgarse las vestiduras por qué en el colegio de Santa Eugenia estén llevando a la práctica las directrices impuestas desde el catalanismo. Los padres no son libres de elegir la lengua en la que serán educados sus hijos. Los padres no son libres, los chavales tampoco. Lo ha dicho así de clarito Bàrbara Galmés, bárbara como ella sola, consellera de Educación. De Heducación con hache, supongo.

Como bien indica su nombre, Galmés se siente extranjera en Baleares, y por eso tiene que ser más papista que el Papa. Es una prerrogativa de todos los políticos totalitarios que acceden al poder desde las afueras. Hitler, en realidad, era austriaco; Stalin georgiano; Galmés, castellano parlante. Lo peor de cada casa. De manera que esta pobre mujer debe compensar sus años de ceguera, sus deficiencias de pronunciación, con fanatismo religioso y celo maníaco en el cumplimiento del deber. Todo por el bien de la sociedad y de sus complejos de retrasada cultural.

Resulta que en el recreo algunos niños hablaban en inglés, otros en alemán, otros en castellano, fíjate tú qué cosas. Esta variedad, que en cualquier otro lugar habitado por el homo sapiens sería contemplado como una ocasión inmejorable para que los chavales practiquen otros idiomas, aquí se ve como un peligro terrible para la implantación por collons del catalán en las islas. ¿Pero no habíamos quedado en que la proliferación de idiomas y dialectos en un mismo país era un síntoma de riqueza? Depende cuál, que diría Cela.

Los chavales ya no sólo estudian en catalán: deben divertirse, desayunar, comer, cenar y dormir en catalán. El catalán va a ser insuflado hasta en sus sueños, como a través de una bomba de bicicleta, gracias a la vigilancia del profesorado-policía y la eficacia de los comisarios políticos de turno. Para eso está ahí la Bàrbara, demostrando, a pesar de su acento lamentable, que ella es catalana de toda la vida. Igual que el funcionario nazi que, a pesar de su sangre judía, disfrazaba su condición de enemigo del Reich con el planchado impecable de su uniforme y la denuncia implacable de sus congéneres.

Hace tiempo que la inmersión lingüística en Baleares dejó de ser un simple bautismo para convertirse en una llamada a filas, insoslayable en estos tiempos revueltos en que la patria peligra. Abajo periscopio. A fuerza de inmersiones, la sociedad balear vive en un submarino en medio del Mediterráneo, entre sirenas de alarma y ejercicios de adiestramiento idiomático, en medio de una guerra inexistente. Un submarino nazi comandado por comandantes chiflados y paranoicos, a mil metros de profundidad de la superficie y mucho más lejos aún del sentido común, de la luz del sol y de la marcha tranquila de la Historia. Un submarino sordo, bobo y ciego.


(publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el 14 de abril de 2008)

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