Corrigiendo la obra del Señor

También el primer cirujano que se adentró en un cuerpo humano desafió todas las leyes divinas y humanas. En 1809, en Kentucky, Eprahim McDowell se atrevió a extirpar un gigantesco quiste de ovario a Jane Crawford. La operación fue un éxito porque Crawford tuvo el coraje de aguantar el corte a pelo sin anestesia de ningún tipo, y porque McDowell se saltó a la torera todos los códigos legales y deontológicos de la época.
Todo lo que ha soltado la Iglesia desde entonces ante cualquier clase de progreso médico no son más que berridos de alarma por esas correcciones de la defectuosa obra del Señor. Los oímos durante el primer transplante de corazón, los seguimos oyendo al tiempo que se descifran los últimos jeroglíficos del genoma humano, los seguiremos oyendo por los siglos de los siglos. Mientras tanto, una larga fila de obispos y sacerdotes van haciendo cola por las mesas de quirófano en lugar de predicar con el ejemplo y morirse.
No me puedo imaginar ni un solo argumento en contra del nacimiento de un bebé que podría salvar a un hermano gravemente enfermo. Si la vida es fundamentalmente amor, ¿habrá un acto de amor semejante al que pueda salvar una vida? Si el amor da la vida, ¿qué amor comparable a ese acto de procreación que trae no uno sino dos seres vivos al mundo?
Algún aficionado a la ética formal puede traer por los pelos el viejo argumento kantiano de que el ser humano debe ser usado siempre como un fin y no como un medio. Dejando aparte el hecho de que aquí el neokantiano de turno estará confundiendo el cordón umbilical con un ser vivo (es decir, los medios con los fines), el argumento de Kant adolece de una profunda penuria intelectual. Bastaría ir a comprar el pan para estar usando al panadero como un medio y no como un fin en sí mismo. Sin embargo, no hay nada inmoral en ir a comprar el pan, me parece.
La historia de la medicina es también la constante e infatigable persecución de las erratas divinas. Las dioptrías, los fallos cardíacos, el apéndice, las enfermedades infecciosas. Cristo curó a ciegos y leprosos con un pase de manos, pero nosotros tenemos que echar mano de la cirugía y de los antibióticos. No lo llamamos milagro, lo llamamos ciencia.
Puesto que, en efecto, la vida es sagrada, hay que hacer todo lo posible por conservarla, por perpetuarla, por mejorarla. A ningún escolástico con dos dedos de frente se le ocurriría defender la vida de un tumor canceroso o de una bacteria por encima de una vida humana. Sin embargo, la próxima vez que oigan tronar contra el próximo avance médico en nombre de la sacrosanta vida humana, fíjense bien. Seguro que el tipo en cuestión lleva gafas.
Etiquetas: david torres, iglesia, Kant, Kipling, medicina, religión

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?











