l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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domingo, 24 de agosto de 2008

Las apariencias no engañan

Las apariencias engañan pero no tanto. Muchas veces las cosas son exactamente lo que parecen. Por ejemplo, no había más que ver el rostro de Michel Maure, el cirujano plástico detenido por desfigurar a casi cien mujeres, para comprender que ponerse en sus manos era una jugada de alto riesgo. Con un peinado en lonchas y facciones de charcutero, Maure no sólo era un oxímoron estético sino una auténtica garantía de estropicio. Las aparatosas gafas negras que le tapaban media cara ya lo decían todo: 'Médico, opérate a ti mismo'.



Tras las gafas, Maure ocultaba los ojillos de un niño que ha repetido curso varias veces por culpa de los trabajos manuales. La plastilina se le quedó anclada ahí, en un oscuro trauma de infancia, y terminó por atascar su bisturí. Seguro que estudió en la misma clase que el Joker, el malo de Batman al que alargaron la sonrisa a navajazos. La verdad, hay que ser muy crédula para confiar la erosión de michelines a un tipo que parece el casero de Tony Soprano. Seguramente, en sus folletos de publicidad, prometía rebajarte diez años y un día. Es cierto que la cara no es el espejo del alma, pero es que Michel Maure, más que un espejo, tenía un escaparate.

En verano las apariencias salen a la luz y se desparraman bajo la cincha del bañador. Cuando entramos en un restaurante no hay que mirar sólo si las cucarachas juegan a la comba con los pelos de las gambas, sino también el porte del dueño. Para considerar a Viridiana uno de los mejores restaurantes del mundo, ni siquiera hay que probar ese huevo frito con mousse de boletus edulis y lloviznado de trufa. Basta con ver las arrobas que se gasta Abraham García, que es un cocinero como mandan los cánones, es decir, orondo y feliz. En Viridiana nunca pasaría eso de que un gourmet gorrón se fuese sin pagar la cuenta, porque el tipo, después de cenar, se quedaría encajado en la puerta. En cambio, después de ayunar en El Bulli bien puedes echarle un pulso a Usain Bolt en una carrerita.

La guerra del Caúcaso parece una pelea de matones en el patio de atrás de la escuela y eso es exactamente lo que es. No hay forma de disimular la realidad, por más que Zapatero y su cuadrilla de mariachis se empeñen en maquillar la crisis con una recua de sinónimos. Dicen que la economía española sufre un frenazo, pero el lenguaje tampoco engaña: siempre damos un frenazo antes de pegarnos el hostión. Groucho Marx lo expresó mejor que nadie: 'Parece un idiota, habla como un idiota y actúa como un idiota, pero no se deje engañar. Es un idiota'.



(Publicado originalmente en El Mundo el sábado 23 de agosto de 2008)

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jueves, 8 de mayo de 2008

El marxismo según Groucho

Si ha habido alguna vez un personaje a un puro pegado (aparte de Churchill, claro) ése es Groucho Marx, que lo llevaba casi siempre apagado, pero qué más daba. El puro de Groucho era mucho más que un simple artefacto cilíndrico relleno de tabaco: era una provocación, una insolencia, un eterno signo de exclamación ante las vergüenzas del mundo. Groucho se declaraba a las señoras millonarias con el puro puesto en la boca y luego lo cogía con una mano mientras cruzaba las piernas, se acariciaba la nuca y sonreía mientras sus ojos dulces y guasones bailaban al son de una música extraviada, aleteando en los cielos de la risa.



La inmensa mayoría de los cómicos son tipos tristes, trabajadores del humor a destajo, que nunca descansan en la dura tarea de forjar chistes. Para muchos de ellos, una sonrisa fuera de horas de trabajo supone una propina inadmisible. Groucho no, Groucho salía de las películas para habitar en ese mundo suyo, absurdo y descojonante, donde tres docenas de personas viven en un ropero y lo más parecido a una religión son las carreras de caballos.

Su lengua era casi tan rápida como su cabeza. Una vez, en un programa de televisión, entrevistó a una señora que presumía de tener más de veinte hijos y Groucho le preguntó cómo era posible. 'Es que quiero mucho a mi marido' respondió la amantísima madre. 'Señora', respondió Groucho, implacable y veloz, 'a mí también me gusta mucho mi puro y de vez en cuando me lo saco de la boca'.

Una vez, cuando ya era un anciano, recibió una carta de una niña: 'Por favor, no se muera usted nunca'. No le hizo caso, seguro que por joder. En su epitafio no figura la famosa frase (Perdone que no me levante) sino sólo su nombre, las fechas en las que, gracias a Dios, estuvo entre nosotros, y una estrella de David que subraya su herencia judaica. También pidió que arrojaran el 10% de sus cenizas sobre su agente.

Chico era un estafador, un tipo capaz de venderte tus propios pantalones mientras los llevabas puestos, y Harpo un ángel mudo, un querubín anarquista y salido que saludaba sus erecciones a bocinazos, pero Groucho era el filósofo de la desvergüenza y la alegría, la única versión posible del marxismo. Esta frase muestra la profundidad de su pensamiento: 'Puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje engañar. Es un idiota'.

(Publicado originalmente en el número de mayo de la revista La Boutique del fumador)

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