¿Sueña Ridley Scott con unicornios eléctricos?

En el aspecto visual hay momentos que todavía no han sido superados, por ejemplo, ese color apagado y mojado por la lluvia (imitado una y mil veces, empezando por Seven) o la prodigiosa escena del escaneo de una simple fotografía. Pero es en su profundidad moral, en el latido de su metafísica desesperada, donde la película alcanza la resonancia de un mito trágico. La androide que no sabe que lo es, el cazador de robots que se enamora de uno, el replicante que va buscando a su dios para pedirle cuentas, la grandiosa escena de redención final en que hombre y máquina se igualan... Uf, meter todo eso en una película de acción no es que sea imposible: es que es casi intolerable.
'He visto melones que vosotros no creeríais...'
Todo está medido con tal maestría narrativa y tal percepción milimétrica que parece mentira. En su aria di forza, un inmenso Rutger Hauer, trasunto de Sigfrido wagneriano vestido de atleta olímpico, lleva en una mano una paloma y en la otra un clavo del Calvario de Cristo. Cuando deja caer la cabeza, después del parlamento mortuorio más glorioso que haya parido el cine, la mano se abre y la paloma escapa al cielo como el alma en los grabados medievales: el alma que nunca tuvo y que obtiene merced a su postrer acto de gracia.

Ridley Scott nunca ha vuelto hacer otra igual. Filmó una extraordinaria maravilla llamada Thelma y Louise (casi, casi la única película de amistad entre mujeres, una versión en música de cámara de El hombre que pudo reinar con bragas), pero también pifias monumentales como La teniente O'Neill o Gladiator, una absolutamente ridícula película de romanos hecha al gusto de Boris Izaguirre y de los frecuentadores de saunas.
Con todo, la mayor pifia de Scott es la que ha perpetrado con Blade Runner. Puede ser más o menos lógico que un artista se cabree porque mangoneen lo que él considera suyo, pero pocas veces he visto un caso tan flagrante de miopía estética (y ética) como esas versiones remix que el director se saca una y otra vez de una manga más ancha que la paciencia de sus fans.
Básicamente, las diferencias entre la versión del productor y la del director son dos supresiones y una adición:
1. La voz en off. Que Harrison Ford (uno de los más grandes actores vivos pero también de los más tontos, no hay más que ver su filmografía apenas se hizo famoso) grabó a regañadientes. En la versión del director, Scott suprimió la voz-guía de Deckard. Esto, en mi opinión, es un error tremendo, primero porque la pelicula ya es bastante compleja sin ella, y segundo, y más importante, porque esa voz de ultratumba del detective remite inmediatamente al universo del cine negro.
2. Los planos finales de Rachel y Deckard en su nave. A Scott le olían demasiado a happy end forzado, pero la voz en off de Ford anuncia la espada de Damocles de toda relación de pareja: ninguna sabe cuánto tiempo van a estar juntos. Hay quien piensa que los paisajes verdes de los títulos de crédito finales son una horterada. Bueno, que sepan que son descartes de El resplandor de Kubrick.
3. El puñetero unicornio que sueña Deckard sobre el piano. Sobre este mínimo apoyo visual (y sobre el unicornio de papiroflexia que E. J. Olmos deja en el dormitorio de Rachel para que conste que ha estado allí y que le ha perdonado la vida) está basado toda la tesis scottiana de que Deckard, en realidad, es otro replicante. Es la lectura más traída por los pelos que he visto nunca. Pero es que, además, el unicornio es un añadido posterior de Scott y sale clavadito de Legend, su película-cagada posterior, con Tom Cruise de duende.
'Nada por aquí, nada por allá, ¡hop!'
Debo decir que, por razones elementales, yo prefiero con mucho la versión del productor, la versión primera, en la que queda claro que Deckard es un hombre. Borges dijo que las obras maestras son fruto del azar o de la casualidad. Si eso es cierto, Blade Runner salió de puro churro. Yo creo que Scott no se enteró de la misa la media de la que estaba armando mientras rodaba.
¿Tú con qué versión te quedas? ¿Por qué? ¿Te gustan las ovejas?
Etiquetas: Borges, david torres, Harrison Ford, Harvey Keitel, Ridley Scott, Rutger Hauer

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?











