Ha muerto Charlton Heston y hoy un montón de imbéciles habrán reproducido sus palabras para hacer el chistecito fúnebre: 'Ya podemos quitarle el rifle de las manos'. Muy pocos habrán recordado al hombre que se paseó en las manifestaciones y marchas a favor de los derechos civiles, cuando en los sesenta, en los Estados Unidos, entre las manchas de sangre de Kennedy y de King, ese acto tenía mucho más valor que el de entrar en la casa de un pobre anciano con alzheimer y obligarle a decir cuatro tonterías sobre las armas. Pero, por desgracia, la mayoría va a recordar a Heston por su actuación, involuntaria y patética, en Bowling for Columbine.
'A ver quién tiene cojones'
Recordar a uno de los grandes del cine porque un gordo de mierda abusara de su credulidad y sus tontunas de viejo chocho en un documental sobrevalorado es una obscenidad. Es como recordar a John Ford por su costumbre de babear sobre un pañuelo y orinar en público; a Ava Gardner porque se meó, borracha perdida, en las alfombras del Ritz; a Borges porque piropeó a Videla; a Wagner porque coleccionaba batines de seda. Sábato escribió una vez: 'Puedes reírte de un tipo que ha subido a la cumbre del Everest porque no sabe manejar los cubiertos en la mesa, pero ten en cuenta que lo que está en juego ahí es la cumbre del Everest'.
Yo prefiero recordarlo como el último hombre vivo, el único superviviente humano en un planeta maldito que acaba arrastrándose por la orilla del mar, frente a una ciudad despedazada, mientras maldice las guerras y las armas. Prefiero recordarlo como el policía obstinado que da cobijo a un desventurado y anciano Edward G. Robinson en un Nueva York superpoblado donde la gente se alimenta de unas tabletas llamadas Soylent Green cuya composición es el secreto definitivo de la raza humana.
De acuerdo, Charlton Heston, Chuck para los amigos, no era un gran actor. No lo era en el sentido en que valoramos a los actores hoy. Con ese rasero, ni John Wayne, ni Clark Gable, ni Marilyn Monroe, ni Humprey Bogart, eran grandes actores. Como ellos, como todos los grandes iconos del cine clásico, Heston era menos y más que un actor: era un tótem viviente, un lienzo ardiente de ojos esforzados y grandes mandíbulas, una estatua en carne y hueso. Cecil B. De Mille lo fotografió junto al Moisés de Miguel Ángel para demostrar de una vez por todas el parecido de aquella joven estrella con el patriarca bíblico. Con el tiempo, Heston llegaría a incorporar al mismísimo Miguel Ángel en lucha contra la Capilla Sixtina y contra un malévolo papa guerrero, Julio II, encarnado nada menos que por Rex Harrison.
En Horizontes de grandeza, uno de los westerns por excelencia, se peleó toda una noche a hostia limpia contra Gregory Peck y todavía resuena en mi cabeza, revestida del doblaje viril de entonces, su voz mientras se limpiaba la sangre de la boca: 'He de reconocer que tarda usted un infierno en despedirse, señor'. En Sed de mal, se enteró de que Orson Welles sólo estaba contratado como intérprete y removió cielo y tierra para que el gran mago desterrado pudiera hacer su última gran película en Hollywood. En 55 días en Pekín intentó en vano que el productor Samuel Bronston no quemara los magníficos decorados españoles en la traca final de la película, que se los vendiera de saldo para que Orson Welles pudiera usarlas en una película. '¿Qué película?' preguntó el mercachifle. 'Qué más da' respondió Chuck. 'Es Orson'.
En la fiesta de fin de rodaje, Heston salió a la calle y vio a Ava Gardner borracha, toreando coches con su chal en la Castellana. Esa anécdota fue el germen de un relato mío donde un matador fracasado acaba toreando el tráfico en la Glorieta de Atocha. Pero no pude igualar la grandeza de Heston en la última anotación de ese día, mientras veía la belleza inmortal de Ava bajo la luz fugaz de los faros: 'Triste, triste dama'.
Era un caballero de la cabeza a los pies, un hombre de otra época, un auriga invencible al que la enfermedad mordisqueó los últimos años, como una estatua rota a orillas del mar, sin alterar ni un ápice de su gloria.
Las aguas se han abierto, Chuck. Al otro lado espera la tierra prometida.
Etiquetas: Ava Gardner, Borges, Charlton Heston, cine, david torres, Miguel Ángel, Orson Welles