l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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viernes, 19 de septiembre de 2008

Las momias

Se sospecha que Kim Jong Il (no confundir con King Kong ni tampoco con su padre, Kim II Sung) podría estar criando malvas desde hace años y que el figurón que sale a saludar en las paradas militares y en la tele antes de la carta de ajuste sólo sería un vulgar imitador. Kim Jong Il tomó el relevo de su padre en la difícil tarea de conducir a Corea del Norte al desastre. Juntos suman casi 70 años en el trono, una marca que ya hubiesen querido muchas dinastías europeas y muchos emperadores romanos que delegaban en un hijo adoptivo a falta de un recambio biológico aceptable.

Normalmente, el comunismo recurría a la momificación in vitro para inmortalizar al líder en esa solemne eternidad de formol y ambipur que recordaba a las masas que la luz que les guiaba hacia la libertad era el casquillo de una bombilla fundida. Tanto predicar, tanto luchar, tanto fusilar y al final resulta que el río utópico de la Historia iba a dar a una funeraria. Basta echar un vistazo a las momias incorruptas de Lenin, Mao, Ho Chi Minh y Dimitrov para comprender que el paraíso de los trabajadores prometido por Marx no era más que una versión gore del Antiguo Egipto. Desde el derrumbe del Muro, el Doctor Muerte está esperando agenciarse las principales mojamas del comunismo para inaugurar en su museo de cadáveres plastinados una Sala del Terror.



Los dictadores siempre han recurrido al uso de los dobles para los momentos difíciles de su mandato. Como cine de acción que es, su actuación implica un trabajo de alto riesgo, y hay que tener muy en cuenta a los especialistas. Aunque el último clon de Franco fue visto este mismo verano tomando el sol en una playa de Benidorm, nunca estuvo muy claro si lo que aparecía saludando en la Plaza de Oriente era un muñeco de guiñol o una peseta al trasluz. La técnica no había avanzado tanto como para que a través de la televisión pudiéramos descubrir quién manejaba en realidad los hilos del Invicto.

Ahora se puede recurrir a la tecnología digital para remendar los desaguisados de la salud y los estragos del tiempo. El primer King Kong, el de la peli en blanco y negro, era apenas un peluche pintado. El segundo, el que secaba a Jessica Lange a puro soplo berrendo, era un monstruo articulado, una maravilla de la marroquinería semejante a la de los talabarteros que le remendaron a Lenin la tapicería post mortem. En su búsqueda fabulosa de la inmortalidad, los últimos caudillos socialistas han encontrado ya la fuente de la eterna juventud: la pantalla plana. Chávez ni siquiera necesita salir a la calle para acojonar a las masas. Le basta usar el píxel, igual que el último King Kong, con quien guarda más semejanzas que su compadre coreano.

En cuanto a Castro, para meterlo en el sarcófago de faraón sólo hay que quitarle el chándal.


(En la foto, la momia de Lenin jugando a los chinos).

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miércoles, 4 de junio de 2008

Encuentros en la tercera fase

(Atención: este post puede herir su sensibilidad, si la tiene)

No sé a otros escritores, pero a mí me encanta encontrame con mis lectores cara a cara. Cuando trabajaba en la librería Altair, tenía más posibilidades de hacerlo: ahora tengo que conformarme con las firmas de la Feria del Libro (por cierto, voy el próximo domingo 8 a la caseta de Anaya, por la tarde, y el domingo 15 por la mañana a la caseta de Altair). En la Feria del Libro de Palma, junto a mi amigo Román Piña, tropecé con dos auténticas frikis que merecerían una entrada aparte. Pero lo más extraño que me ha pasado en el mundo éste de la literatura fue el careo que tuve con la gente del Club Social Seco el pasado miércoles.

Yo ya había estado en dos clubs de lectura: uno, hace unos cinco años, por invitación del poeta Alvaro Fierro, en la casa de una de sus amigas, donde estuve acompañado de una pléyade de lectoras jóvenes, educadas y hermosas; y otro, también por motivo de El gran silencio, en Estudio en escarlata, librería especializada en novela negra y de género de donde salí con un buen puñado de nuevos amigos. Nada me había preparado, sin embargo, para lo que me aguardaba en el Club Social Seco, a pesar de que me llevó hasta allí un viejo amigo de la Semana Negra e impenitente lector mío: Enrique Bienzobas.

La sensación que tuve fue más o menos semejante a la que padeció Dalí en su última sesión frente el grupo surrealista, cuando tuvo que explicar sus desviaciones ideológicas. No en vano, en los preliminares alcohólicos, mientras calentábamos vasos y sillas, un anciano proclamó orgullosamente que era estalinista. Luego, tras una introducción sobre mi obra por parte de Enrique, empezó el despellejamiento.






La señora sentada a mi lado dijo que no entendía cómo podía haber pintado una infancia así, plagada de sadismo y crueldad. Niños que pegaban a otros, niños que se burlaban de otros, que abusaban de los débiles. Ella nunca había pasado por esas experiencias y eso que trabajaba en TVE. Algunas voces salieron tímidamente a defenderme. Yo me encogí de hombros. Después de que algunos presentes contaran algunas de las humillaciones sufridas en su niñez, la señora sentada a mi lado añadió que todos los personajes de mi novela eran repugnantes:

-Los hombres son asquerosos, la tía millonaria es horrible, Lola una puta...
-¿Una puta? -pregunté yo-. ¿Se acuesta por dinero?
-Una puta -sentenció con irrebatible autoridad, antes de proseguir la paliza-. Y la madre es tonta perdida.
-¿Tonta? -me defendí débilmente-. Pero si le avisa a Esteban de la que se le viene encima nada más empezar la novela. Y al final...
-Y lo peor de todo -dijo la señora, terminando la exposición de los hechos- es que los dos únicos personajes positivos del libro, los dos buenos... ¡son dos curas!

Abominación. Horror de horrores. Dos curas buenos, a quién se le ocurre. Empecé a comprender dónde me había metido. El que no sabía donde meterse era Enrique, que, sentado a mi izquierda, de vez en cuando salpimentaba unas palabras de ánimo como el buen ladrón en lo alto del Calvario. Desde la cruz, yo lanzaba la mirada al fondo, donde David G. Panadero intentaba llevar la conversación hacia el cuadrilátero de la novela negra, calibrando si sus enormes y cinematográficas espaldas me servirían para escapar del linchamiento. Todo inútil. La señora que estaba al lado de la señora que estaba a mi lado dijo que no se creía nada del personaje de Esteban. Pensé que a lo mejor me hacían devolverles el dinero. Luego añadió que, eso sí, la infancia en el barrio era tal cual la recordaba. Aproveché que dejaban de apretar los tornillos un instante para soltar un chiste:

-¿Sabéis una cosa? Fue una suerte que ninguno de vosotros estuviera en el jurado del premio.

Las risas no aliviaron mucho la tensión. El chaval sentado a la izquierda de Enrique empezó a hablar de política, de toques de queda, de luchas callejeras. Le dije que había escrito el libro, entre otras cosas, porque estaba harto de oír hablar de lucha callejera a toda esa generación cuando Franco se había muerto en la cama. Que nuestra libertad no era fruto de la lucha política sino una simple derrota de la medicina. A los ancianos de la extrema izquierda, que habían estado callados hasta ese momento, se les empezaron a atragantar mis torpes confesiones. El señor sentado a la izquierda del estalinista, que tenía un vago parecido con mi amigo, el escritor Eduardo Chamorro, preguntó si yo había dicho algo contra Castro. Cuando me mofé del Mayo del 68 diciendo que la verdadera lucha, con muertos y con mártires, había estado en Praga, como después estaría en Polonia, el estalinista salió en defensa de las revoluciones pendientes. Yo dije que, visto el resultado, prefería los pendientes a las revoluciones. Mencioné a los grandes carniceros comunistas: Mao, Pol Pot, Hoxha, Ceacescu, Stalin...

-¿Ha dicho algo contra Castro? -preguntó otra vez el clon de Eduardo Chamorro.
-Todavía no -gruñó el otro.
-No, pero vamos, si quieres te digo mi opinión sobre Castro en un momento. Es un dictador y un asesino.

El clon de Chamorro dijo que él no podía seguir allí sentado. Se levantó muy digno y salió por la puerta como si fuera rumbo directo a Sierra Maestra. La señora sentada a mi izquierda me preguntó si yo era creyente. Le dije que no cuando en realidad le tenía que haber dicho: 'A usted qué cojones le importa, señora'. El estalinista me preguntó de dónde había sacado yo la mandanga ésa de los crímenes de Stalin. 'De Robert Conquest', dije aunque también podía haber citado a Kruschov, a la Historia, al sentido común, la invasión de Polonia, el pacto germano-soviético. Mencioné a Kolyma y el hombre creyó que me refería al último helado de Frigo. El estalinista me dijo quién era ese Robert Conquest y yo ya empecé a cabrearme de verdad. Lo comparó con Pio Moa y entonces yo repliqué que nada hay más parecido a un creyente católico que un creyente comunista. Con la diferencia, claro, de que un católico, al menos, cree en Dios, mientras que el comunista, como dijo Chesterton, puede creer cualquier cosa. Incluso en Stalin. Fue inútil porque nada más acabar la comparación, el ferviente estalinista se levantó y salió por la puerta, muy digno, no sin antes decirme que él no podía perder el tiempo discutiendo chorradas. Y mientras lo decía señalaba mi libro: tres años de auténtico trabajo proletario. En ese instante comprendí que el que estaba perdiendo el tiempo, el que sobraba allí, era yo. Me levanté, di las buenas noches, y escoltado por Panadero y Enrique, atolondrado después de la paliza, vapuleado, humillado, infinitamente aliviado, salí a la calle.

Aquella noche soñé que había vuelto al cole.

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