l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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miércoles, 4 de junio de 2008

Encuentros en la tercera fase

(Atención: este post puede herir su sensibilidad, si la tiene)

No sé a otros escritores, pero a mí me encanta encontrame con mis lectores cara a cara. Cuando trabajaba en la librería Altair, tenía más posibilidades de hacerlo: ahora tengo que conformarme con las firmas de la Feria del Libro (por cierto, voy el próximo domingo 8 a la caseta de Anaya, por la tarde, y el domingo 15 por la mañana a la caseta de Altair). En la Feria del Libro de Palma, junto a mi amigo Román Piña, tropecé con dos auténticas frikis que merecerían una entrada aparte. Pero lo más extraño que me ha pasado en el mundo éste de la literatura fue el careo que tuve con la gente del Club Social Seco el pasado miércoles.

Yo ya había estado en dos clubs de lectura: uno, hace unos cinco años, por invitación del poeta Alvaro Fierro, en la casa de una de sus amigas, donde estuve acompañado de una pléyade de lectoras jóvenes, educadas y hermosas; y otro, también por motivo de El gran silencio, en Estudio en escarlata, librería especializada en novela negra y de género de donde salí con un buen puñado de nuevos amigos. Nada me había preparado, sin embargo, para lo que me aguardaba en el Club Social Seco, a pesar de que me llevó hasta allí un viejo amigo de la Semana Negra e impenitente lector mío: Enrique Bienzobas.

La sensación que tuve fue más o menos semejante a la que padeció Dalí en su última sesión frente el grupo surrealista, cuando tuvo que explicar sus desviaciones ideológicas. No en vano, en los preliminares alcohólicos, mientras calentábamos vasos y sillas, un anciano proclamó orgullosamente que era estalinista. Luego, tras una introducción sobre mi obra por parte de Enrique, empezó el despellejamiento.






La señora sentada a mi lado dijo que no entendía cómo podía haber pintado una infancia así, plagada de sadismo y crueldad. Niños que pegaban a otros, niños que se burlaban de otros, que abusaban de los débiles. Ella nunca había pasado por esas experiencias y eso que trabajaba en TVE. Algunas voces salieron tímidamente a defenderme. Yo me encogí de hombros. Después de que algunos presentes contaran algunas de las humillaciones sufridas en su niñez, la señora sentada a mi lado añadió que todos los personajes de mi novela eran repugnantes:

-Los hombres son asquerosos, la tía millonaria es horrible, Lola una puta...
-¿Una puta? -pregunté yo-. ¿Se acuesta por dinero?
-Una puta -sentenció con irrebatible autoridad, antes de proseguir la paliza-. Y la madre es tonta perdida.
-¿Tonta? -me defendí débilmente-. Pero si le avisa a Esteban de la que se le viene encima nada más empezar la novela. Y al final...
-Y lo peor de todo -dijo la señora, terminando la exposición de los hechos- es que los dos únicos personajes positivos del libro, los dos buenos... ¡son dos curas!

Abominación. Horror de horrores. Dos curas buenos, a quién se le ocurre. Empecé a comprender dónde me había metido. El que no sabía donde meterse era Enrique, que, sentado a mi izquierda, de vez en cuando salpimentaba unas palabras de ánimo como el buen ladrón en lo alto del Calvario. Desde la cruz, yo lanzaba la mirada al fondo, donde David G. Panadero intentaba llevar la conversación hacia el cuadrilátero de la novela negra, calibrando si sus enormes y cinematográficas espaldas me servirían para escapar del linchamiento. Todo inútil. La señora que estaba al lado de la señora que estaba a mi lado dijo que no se creía nada del personaje de Esteban. Pensé que a lo mejor me hacían devolverles el dinero. Luego añadió que, eso sí, la infancia en el barrio era tal cual la recordaba. Aproveché que dejaban de apretar los tornillos un instante para soltar un chiste:

-¿Sabéis una cosa? Fue una suerte que ninguno de vosotros estuviera en el jurado del premio.

Las risas no aliviaron mucho la tensión. El chaval sentado a la izquierda de Enrique empezó a hablar de política, de toques de queda, de luchas callejeras. Le dije que había escrito el libro, entre otras cosas, porque estaba harto de oír hablar de lucha callejera a toda esa generación cuando Franco se había muerto en la cama. Que nuestra libertad no era fruto de la lucha política sino una simple derrota de la medicina. A los ancianos de la extrema izquierda, que habían estado callados hasta ese momento, se les empezaron a atragantar mis torpes confesiones. El señor sentado a la izquierda del estalinista, que tenía un vago parecido con mi amigo, el escritor Eduardo Chamorro, preguntó si yo había dicho algo contra Castro. Cuando me mofé del Mayo del 68 diciendo que la verdadera lucha, con muertos y con mártires, había estado en Praga, como después estaría en Polonia, el estalinista salió en defensa de las revoluciones pendientes. Yo dije que, visto el resultado, prefería los pendientes a las revoluciones. Mencioné a los grandes carniceros comunistas: Mao, Pol Pot, Hoxha, Ceacescu, Stalin...

-¿Ha dicho algo contra Castro? -preguntó otra vez el clon de Eduardo Chamorro.
-Todavía no -gruñó el otro.
-No, pero vamos, si quieres te digo mi opinión sobre Castro en un momento. Es un dictador y un asesino.

El clon de Chamorro dijo que él no podía seguir allí sentado. Se levantó muy digno y salió por la puerta como si fuera rumbo directo a Sierra Maestra. La señora sentada a mi izquierda me preguntó si yo era creyente. Le dije que no cuando en realidad le tenía que haber dicho: 'A usted qué cojones le importa, señora'. El estalinista me preguntó de dónde había sacado yo la mandanga ésa de los crímenes de Stalin. 'De Robert Conquest', dije aunque también podía haber citado a Kruschov, a la Historia, al sentido común, la invasión de Polonia, el pacto germano-soviético. Mencioné a Kolyma y el hombre creyó que me refería al último helado de Frigo. El estalinista me dijo quién era ese Robert Conquest y yo ya empecé a cabrearme de verdad. Lo comparó con Pio Moa y entonces yo repliqué que nada hay más parecido a un creyente católico que un creyente comunista. Con la diferencia, claro, de que un católico, al menos, cree en Dios, mientras que el comunista, como dijo Chesterton, puede creer cualquier cosa. Incluso en Stalin. Fue inútil porque nada más acabar la comparación, el ferviente estalinista se levantó y salió por la puerta, muy digno, no sin antes decirme que él no podía perder el tiempo discutiendo chorradas. Y mientras lo decía señalaba mi libro: tres años de auténtico trabajo proletario. En ese instante comprendí que el que estaba perdiendo el tiempo, el que sobraba allí, era yo. Me levanté, di las buenas noches, y escoltado por Panadero y Enrique, atolondrado después de la paliza, vapuleado, humillado, infinitamente aliviado, salí a la calle.

Aquella noche soñé que había vuelto al cole.

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lunes, 12 de mayo de 2008

Mayo del 68: acné juvenil

Sí, como todos los españoles de pro, yo también acudí a las barricadas del Mayo del 68 francés. Es cierto que por aquel entonces sólo contaba un año y medio de vida, pero es que los españoles de entonces éramos muy precoces en política. Algunos, como Víctor Manuel, pasaron de dedicarle canciones al Caudillo a hacerse comunistas de toda la vida en un pis pas, sin despeinarse ni nada, como el que sufre el sarampión. Pero lo del Mayo del 68 demuestra el éxito de las vilipendiadas comunicaciones en la era franquista y la puntualidad de la RENFE, que permitió que millones de españoles llegaran a tiempo para enarbolar pancartas, dejarse crecer el pelo y hasta aprender francés.



Lo malo es que algunos trenes los desviaron de Benidorm y, claro, muchos de los manifestantes, armados con cubos y palas, hicieron castillos de arena en lugar de barricadas como Marx manda. Lo que nos ha quedado a los que nacimos más o menos encajonados en aquella época heroica (los 'niños de tiza', como los llamó en mi última novela) es la sensación de que la Historia nos ha pasado por encima sin darnos la menor oportunidad, sin una mísera revolución que echarnos a la boca. Hemos tenido que aguantar la brasa de profesores, cantautores y políticos nostálgicos que llevan toda su vida recordando el fulgor de aquellos días en que las consignas venían envueltas en guitarras y las chicas se liberaban del sostén, un tiempo en el que eran más jóvenes, más guapos y la realidad no había sacado aún sus tristes tijeras de peluquero oficial.


¿Qué ha quedado de todo aquel maravilloso ideario chiripitiflaútico? Veamos: el plasta de Althusser estranguló a su mujer. Jane Fonda cambió la política por el aerobic. La inmensa mayoría de los chavalines que hacían pintadas con el lema aquel tan bonito de 'la imaginación al poder', subieron al poder, efectivamente, echaron tripa y olvidaron la imaginación en el coche de papá. Houellebecq ha comentado que lo mejor que dio el Mayo del 68 fue una comedia tonta de Louis de Funes.

Es una fábula que nos han contado, una trola, una payasada nostálgica en plan Cuéntame. Todos esos estudiantes melenudos que iban a quemar el mundo, que decían que debajo del asfalto estaba la playa y (como dice el poeta Muñoz Robledano) en vez de arena encontraron terreno urbanizable. Querían hacer la revolución definitiva, juntarse con los proletarios, pero sólo eran una panda de pijos hormonados que confundieron el marxismo con un botellón. Los guiaba Sartre, ese señor tan bizco que llegó a creer que el Che era un héroe de nuestro tiempo y no una camiseta. Y el primero que lo advirtió fue Passolini, cuando dijo que los verdaderos proletarios eran los policías que se enfrentaron a los bestias de los manifestantes sin causar un solo muerto: los estudiantes no eran más que estómagos agradecidos, niños bien. Lo cuenta una película italiana hermosa como la verdad: La mejor juventud.

Eso sí, hay que reconocer que los franceses saben vender lo que haga falta: queso, vino, cine gastronómico y hasta una revolución primaveral que, en realidad, era acné juvenil, el primer lanzamiento mundial de música de cantautor. El Mayo del 68 fue un éxito propagandístico en todos los niveles, hasta el punto de eclipsar por completo a la verdadera revolución de aquel año: la Primavera de Praga, cuando doscientos mil soldados y cinco mil tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia para aplastar flores y cabezas bajo sus cadenas. Allí sí que se luchó por la libertad. Allí sí que hubo muertos de verdad. Pero, claro, ni cantaban en francés ni llevaban camisetas del Che. De Gaulle sólo tuvo que advertir a su policía que tuviera cuidado, que todos aquellos barbudos feroces, al fin y al cabo, no eran más que jovencitos en celo, tontos al sol, prole de gente bien a la que le faltaba unos años por madurar y que creía que Mao era una marca de cerveza.

(publicado originalmente en El Mundo el 11 de mayo de 2008)

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