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martes, 22 de julio de 2008

Utilidades del príncipe Carlos

Creo que toda persona humana (no necesariamente súbdito británico) se habrá preguntado alguna vez sobre la utilidad del príncipe Carlos. Que no es lo mismo que cuestionarse la utilidad o inutilidad de la monarquía. Hace unos días, en plena Semana Negra de Gijón, a una escritora mexicana le dio por reírse de la monarquía española, a llamarnos obsoletos y otras cosas por el estilo, y entonces ahogué mi natural vena republicana y le contesté que entre los diez países más adelantados del globo terráqueo había varias monarquías: Japón, Reino Unido, Noruega, Dinamarca, Suecia... Con una risita me preguntó cómo se sabía si un país era retrasado y yo le contesté que era fácil: por su distancia natural con México.




A mí el debate sobre la monarquía ni me va ni me viene: creo que hay tropecientos problemas mucho más acuciantes que esa institución caduca, costosa y ridícula que, sin embargo, de algún modo, cumple su función (piensen si no en el presidente de México). Ahora bien, uno ve al príncipe Carlos de Inglaterra (uno lo veía más antes, cuando le daba por salir en las fotos) y se pregunta: ¿para qué sirve este hombre? Con esa reina madre que lleva camino de batir el record mundial de longevidad de un galápago, no parece que Charlie vaya a estrenar la corona cualquier día de éstos.

Como el de Beckelar o el de Maquiavelo, Charlie se va a quedar de príncipe toda su vida. Su boda con Lady Di (la rubia más cursi que quepa imaginarse, que Dios tenga en su gloria) iba para ceremonia del siglo pero luego se quedó en portada del Hola y acabó desembocando en matrimonio frustrado y en divorcio sonadísimo. Después de varias aventuras y desventuras principescas, Charlie se lió con una tal Camila más fea que un pie con papilomas, pero al menos sirvió para mostrar algunas de sus utilidades. 'Quiero ser tu tampax' dijo en una grabación erótica telefónica que algún desalmado vendió a la prensa rosa: una de las declaraciones de amor más húmedas y profundas que jamás se hayan hecho.

Sin embargo, Charlie cumple una función valiosísima sólo en función de su nacimiento. No me refiero a esa gilipollez de la sangre azul, sino al hecho de que, para el día en que nació, encargaron una pieza de música fabulosa que una vez oí por Radio Dos y que me dejó sobrecogido de belleza. La obra se titula Suite para el nacimiento del príncipe Carlos y es una de esas cosas que le salen a un compositor sólo una vez en la vida, sobre todo a un compositor como sir Michael Tippett, que es un plasta de mucho cuidado. Recuerdo que yo una vez le regalé a mi amigo Urceloy una ópera de Tippett que iba sobre Príamo o sobre Aquiles o sobre la puta madre de ambos, pero un soberano coñazo, vamos.

Ahora bien, ya sea por la pasta del encargo o por el miedo a la venganza real, Tippett dio el do de pecho y se largó cinco movimientos que parecen escritos por su primo, el de México. Me pasé años buscándola en cualquier disco, forma o soporte hasta que el otro día me acordé de ella y puse a trabajar la mula, que no sabe de discográficas ni de distribuidoras y que chupa y chupa día y noche. Aprovechen que todavía la tengo en el zurrón. El disco viene con tres sinfonías que serán, con toda seguridad, pura morralla, pero la Suite no se la pierdan. Para que luego digan que no sirve de nada el príncipe Carlos.

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