l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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sábado, 4 de octubre de 2008

¿Por qué la llaman vagina cuando quieren decir chichi?

En el Reino Unido se ha montado un pifostio importante en torno a la publicación de un cómic bastante inocente destinado a que los niños de 6 y 7 años conozcan mejor su propio cuerpo. La manzana de la discordia es el dibujo de una niña desnuda festoneada de letreros que se supone que los niños tienen que unir con las partes correspondientes. Hay un letrero para 'cabeza', otro para 'mano', otro para 'pie' y así sucesivamente. Hasta que, de pronto, llega uno que dice 'vagina'.



Yo veo normal que los padres se hayan cabreado porque a la vagina no la llama nadie vagina. Nadie que yo conozca, vamos. Quizá entre los ginecólogos sea una palabra de uso frecuente pero, por desgracia, yo frecuento más a los urólogos. Les aseguro que ellos tampoco dicen cosas como 'pene' o 'aparato reproductor masculino'. Una vez el médico tenía que examinarme por un problema que no viene al caso y dijo con bastante guasa: 'Anda, anda, enséñame el pito'.

Dejando aparte que 'pito' es un término muy poco apropiado para definir a la polla (las pollas no pitan, que yo sepa), no me negarán que 'vagina' no es una palabra de uso corriente. Los niños ingleses de 6 y 7 años se van a hacer la picha (con perdón) un lío porque todo el mundo sabe que ese excitante agujero diferencial, a esa edad, se llama 'chichi'. Luego adquiere el rango de 'coño', 'chocho' o 'raja', según. Pero 'vagina' es uno de esos fósiles lingüísticos que jamás han estado en la calle (ni siquiera en esas calles misteriosas donde aparcan los ginecólogos) ni en los libros, salvo en los tratados de medicina y en ciertos caducos diccionarios.

Cortázar se quejaba una vez de la dificultad del plumífero en español para describir el coito en términos literarios satisfactoriamente hablando. A mí también me ha pasado. Ya sea por la educación eclesiástica, por el peso de la tradición platónica y judeocristiana, o por la ausencia en las literaturas hispánicas de un Lawrence, un Miller y una Anaïs Nin, el escritor en español, a la hora de describir el acto sexual, tiene que recurrir a la metáfora o al taco desgarbado. Elegir entre el modelo Cela o el modelo Lezama Lima, ésa es la cuestión. Hasta el día en que a alguno nos dé por escribir un Trópico de Cáncer ambientado en Fuenlabrada.

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martes, 29 de julio de 2008

Infancia de miedo, cine de verano

Mi padre ha trabajado en más oficios de los que yo puedo recordar. Fue pastor de cabras a los siete años, panadero a los doce, pescador en una traíña a los dieciocho, mecánico naval en un carguero a los ventitantos, mecánico de coches en la FEMSA a los treinta y camionero en la misma empresa antes de cumplir los cuarenta. Hay otros oficios pero se me olvidan. Mi padre ha cruzado toda España encima de un traíler y medio mundo sobre los lomos del mar: cuando yo nací, él estaba en Dakkar, en las costas de Senegal, pescando gambas, y fue un barco francés el encargado de llevarle la buena nueva.

Aprendió a leer y escribir cuando ya era un hombre hecho y derecho, hazaña intelectual que no supe valorar en su justa medida hasta que trabajé en una academia de Moratalaz y vi a varios ancianos que se esforzaban cada día en la dificilísima tarea de descifrar palote a palote una inexpugnable piedra Rossetta.

Un verano, cuando yo tenía seis o siete años, mi padre se sacó unas perrillas extra haciendo de acomodador en un cine de verano. Llegaba a casa sobre las ocho o las nueve de la noche y, como un Madelman proletario, cambiaba el mono de mecánico por una camisa blanca y un pantalón oscuro. Cogía una pequeña linterna de mano y se iba para preparar las sillas de tijera frente a una pared blanca también pluriempleada, donde los chicos solíamos jugar al frontón y que hacía las veces de pantalla.

Luego llegábamos mi madre, mi hermano y yo, generalmente acompañados de una tartera metálica con tortilla de patatas y croquetas frías, y nos sentábamos en las sillas que mi padre había reservado para nosotros. Mientras caía la noche lo veíamos moverse precedido por el halo de santidad de la linterna cruzando las filas de asientos. En aquella pantalla improvisada en un solar de la calle Valdecanillas vi (en un programa doble que incluía Pánico en el transiberiano) una de las películas que más miedo me han dado jamás. Sólo recuerdo que iba de una mujer muy guapa que de repente se transformaba en una especie de mariposa gigante que chupaba la sangre a los tíos. (Sí. He dicho la sangre. Sólo la sangre. Vale.)



Es probable que me pasara media película con la cabeza metida entre las piernas porque no guardo más recuerdo de la metamorfosis de la mujer que una oscuridad impenetrable y el grito aterrado de sus víctimas. En el cine de terror, mostrar al monstruo casi siempre es un error garrafal porque no hay peor monstruo que el que tú te imaginas. En mi memoria, aquella película de la que no tenía el título ni el nombre de un solo actor, creció y creció hasta convertirse en algo más que un placentero emblema del miedo: se transformó en un símbolo del eterno femenino.

No sé si será por la ausencia de hermanas o porque en San Blas las niñas sólo servían como blanco de pedradas, pero, para mí, durante la adolescencia y buena parte de la juventud, las mujeres siempre han resultado un enigma impenetrable, bellas crisálidas que ocultaban en su interior una criatura pavorosa. Por razones que ahora no vienen al caso (quizá las cuente algún día), una vez tuve que hace un test de Roscharch y el psicólogo se quedó fascinado con la interpretación de ciertas figuras donde yo sólo veía ángeles andróginos y vaginas dentadas. En una de ellas, volví a ver a aquel horrible monstruo del cine de verano: una especie de ángel maligno con alas enormes. Por lo demás, debí de sacar una puntuación lamentable: no acerté ni una sola mancha.

Durante años y años intenté en vano buscar el título de la película. Cuando se inventó internet (hubo una época, créanme), entré un día en google y tecleé las combinaciones de palabras que pudieran darme la clave del enigma. Nada. Una noche feliz se me ocurrió preguntarle a Panadero (que es una enciclopedia viviente en doce lomos sobre cine de terror bueno y malo) acerca de una película de los años setenta, seguramente casposa, probablemente italiana, con sexo oblicuo y mariposa vampiro. Tampoco sabía de qué película le estaba hablando, pero hizo una llamada a su amigo Carlos Aguilar. Inmediatamente obtuve una corrección, un título y un nombre. La película no era italiana, sino inglesa. Era El deseo y la bestia, de Vernon Sewell.

La semana pasada, en un kiosco de periódicos, vi un programa doble de Vernon Sewell que incluía El deseo y la bestia y La maldición de altar rojo. Por supuesto, no resistí la tentación, lo compré en el acto y puse a rebozar mi memoria aquella misma noche. Me sorprendió descubrir que, entre el elenco de actores, estaba Peter Cushing, calavera inolvidable de mi infancia, perfil reflexivo de ave rapaz que fue el mejor Sherlock Holmes que yo recuerdo, el Van Helsing por antonomasia. La película era mala con un punto de ingenuidad conmovedora: un sabio loco que de repente recobra la cordura y un detective irresponsable que viaja de incógnito con su hija para que la jovencita sirva de unidad donante móvil. Carruajes a caballo, nieblas inglesas, tazas de té, bigotudos policías británicos. La actriz principal era tan bella y tan malvada como en mi recuerdo pero el monstruo no consistía en un perverso agujero negro, un ramalazo de oscuridad, sino en un lamentable disfraz de abejorro gordo estilo el Chavo del Ocho.

Volver a caminar ante la casa de una antigua novia, oír otra vez una canción que en tiempos lo fue todo, tirar del sedal para que emerja un terror de la infancia y descubrir que sólo era un trapo mojado. Luis Alberto de Cuenca escribió en un verso inolvidable que la nostalgia es un burdo pasatiempo. También puede resultar un ejercicio arriesgado, fútil, conmovedor a veces. Como intentar acertar una mancha en un test de Roscharch.

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viernes, 9 de mayo de 2008

Teoría del Titanic

La otra noche fuimos mi amigo Mijangos y yo a rebozarnos el hígado, variante homologada de la barra libre, deporte en el que siempre ponemos mucho entusiasmo. Al final recalamos en el arrecife del Honky Tonk, un lugar proclive al aposentamiento de las meninges y a la meditación trascendental donde nuestra llegada no hace subir la media de edad más allá de unos dígitos y donde, además, la música no espanta. Hay también (todo hay que decirlo) una camarera jovencísima, guapísima y tatuadísima (aunque empeñada en emular al último mohicano) que se pasa las horas martirizándose el pelo frente al espejo, estirándose la piel de la nuca con veinte años de antelación para ensayar nuevas muecas de asco con las que recibir al personal. Llevamos tres sábados más o menos seguidos yendo y casi siempre aparece una morena alta y melenuda, tipo Cher, que a Mijangos no le gusta y a mí sí, pero que nos da menos bola que un petaco de la vieja escuela. En fin, que entre unas copas y otras, Mijangos y yo fuimos de la Ceca a la Meca repasando los siguientes melones:

-el canalillo de la camarera mohicana.
-el canalillo de Sofia Loren.
-el cine italiano, en general, y Mastroianni, en particular.
-la novela que Mijangos sigue escribiendo.
-la novela que sigo sin escribir.
-el coñazo de los cantautores, que nos ha jodido la infancia, la adolescencia y la vida.
-Cher, que parecía que me estaba mirando, pero no.
-la pertinencia absoluta de la cirugía estética.
-la relación inversamente proporcional entre la prietez de una camarera maciza y su habilidad para poner copas.
-el camarero negro, sonriente y paliza de Vacaciones en el mar.



Aquí nos detuvimos porque Vacaciones en el mar es uno de los mayores atentados que se han cometido jamás en la pequeña pantalla. ¿A quién se le ocurrió reunir semejante pandilla de retrasados mentales y convertirlos en una tripulación de salidorros que sólo pensaban en follar? ¿Se acuerdan? Primero estaba el capitán, un botarate de mierda, calvo y subnormal, que se pasaba el día cenando y era incapaz de llevar a buen puerto ni siquiera una palangana. Luego, el médico, un calzonazos con gafitas que recetaba aspirinas mientras gesticulaba con su húmeda cara de ginecólogo. Después el sobrecargo, un soplapollas subnormal que se dedicaba a organizar los juegos de los jubilados en cubierta y al que imaginábamos rescatando cadáveres de ancianos de la piscina para follárselos por la noche en los botes salvavidas. Por último, un camarero tío Tom con un piano inmaculado por dentadura que no follaba porque era negro, pero siempre te apuntaba con el dedo y siempre adivinaba qué cojones querías beber. Y para guinda una imbécil repelente, rubia y tonta de bote, que se pasaba todo el capítulo rascándose la entrepierna mientras repasaba una y otra vez una lista de pasajeros donde siempre sobraba o faltaba alguien.

Todos iban de blanco, como un anuncio de Ariel. Todos llevaban pantaloncitos cortos, hasta el capitán, como si empezaran cada capítulo haciendo la Primera Comunión. Y todos sonreían. Sonreían siempre, los muy gilipollas, pensando en los polvos que se iban a echar. Tripulantes y pasajeros. Médicos y pacientes. Cada capítulo era una turmix de tres historias en paralelo y en celo: una pareja de recién casados que tenía su primera bronca a bordo y luego se reconciliaban de puertas adentro del camarote taponándose mutuamente las fisuras anales; una vieja (o viejo) desahuciada/o que embarcaba con la esperanza de echarse un último casquete; y un divorciado rijoso (interpretado generalmente por el gordo calvorota de Con Ocho Basta) que paseaba berrendo perdido por cubierta, mostrando a las claras, en sus abultados e inmaculados pantaloncitos cortos, su frustración y su erección.

El gordo salido calvorota se llamaba Dick van Patten. El capitán alopécico era Gavin Mc Leod y se especializó en papeles de uniformado con síndrome de Down. El nombre del sobrecargo era Goffer, o algo así, y el actor quién sabe quién puñetas era, pero merecería acabar sus días en un gofre, rebozado de caramelo, por empalagoso y por mamón. El camarero, ni puta idea de cómo se llamaba pero, según Mijangos, el muy papanatas salía en un documental sobre los Panteras Negras proclamando que lo que había que hacer con los blancos era cortarnos el cuello a todos, sí justo antes de pasarse el resto de su penosa y afroamericana vida sirviendo mojitos y daiquirís bajo su espantoso peinado étnico. Tampoco recuerdo cómo se llamaba el puto barco, pero para el caso podía haber sido el Titanic, porque nunca habría mejor destino para semejante piara de tarados y panolis que un buen iceberg.

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domingo, 30 de marzo de 2008

Elija su mamada (concurso literario)

Todo melón bien nacido, homo o heterosexual, sabe que una mamada es una de las cosas más agradables que pueden pasarle a uno. Si ya es difícil que te ocurra, más difícil aún es contarlo. Aquí tienen tres ejemplos de tres escritores hispanoamericanos más o menos contemporáneos dedicados a la casi imposible tarea de describir una felación más o menos satisfactoria. Su tarea consiste en descubrir el autor y el título de cada de una de las novelas. Pasen y chupen:

a) Muchos años más tarde él recordaría el comienzo de esa aventura, asociándola a una lección de historia, donde se consignaba que un emperador chino, mientras desfilaban interminablemente sus tropas, precedidas por chirimías y atabales de combate, acariciaba una pieza de jade pulimentada casi diríamos con enloquecida artesanía. La viviente intuición de la mujer deseosa, le llevó a mostrar una impresionable especialidad en dos de las ocho partes de que consta un opoparika o unión bucal, según los textos sagrados de la India. Era el llamado mordisqueo de los bordes, es decir, con la punta de de dos de sus dedos presionaba hacia abajo el falo, al mismo tiempo que con los labios y los dientes recorría el contorno del casquete. Farraluque sintió algo semejante a la raíz de un caballo encandilado mordido por un tigre recién nacido. Sus dos anteriores encuentros sexuales, habían sido bastos y naturalizados, ahora entraba en el reino de la sutileza y de la diabólica especialización. El otro requisito exigido por el texto sagrado de los hindúes, y en el cual se mostraba también la especialidad, era el pulimento o torneadura de la alfombrilla lingual en torno a la cúpula del casquete, al mismo tiempo que con rítmicos movimientos cabeceantes, recorría toda la extensión del instrumento operante. Pero la madona a cada recorrido de la alfombrilla, se iba extendiendo con cautela hacia el círculo de cobre, exagerando sus transportes; como si estuviese arrebatada por la bacanal de Tannhauser tanteaba el frenesí ocasionado por el recorrido de la extensión fálica, encaminándose con una energía imperial hacia la gruta siniestra. Cuando creyó que la táctica coordinada del mordisqueo de los bordes y del pulimento de la extensión, iban a su final eyaculante, se lanzó hacia el caracol profundo, pero en ese instante Farraluque llevó con la rapidez que sólo brota del éxtasis su mano derecha a la cabellera de la madona, tirando con furia hacia arriba para mostrar la arrebatada gorgona, chorreante del sudor ocasionado en las profundidades.

b) El cuerpo nuevo no es manejable (ningún cuerpo nuevo es manejable), y siempre hay una reserva o una interrogación respecto al orden y fuerza con que se deben besar sus diferentes partes, o apretarlas, o mordisquearlas, o investigarlas usando los dedos, o respecto al efecto que hará en el otro pararse a mirarlas, interrumpir el contacto y dedicarse a verlas con detenimiento. 'Tengo la polla dentro de su boca', pensé al tenerla, y lo pensé con estas palabras, pues sólo esas palabras vienen cuando se pone en palabras o en pensamientos lo que se está haciendo con lo que denominan (cuando lo que denominan está actuando), más aún si no se conoce apenas el otro cuerpo y sobre todo si las palabras hacen referencia a las partes del cuerpo propio y no a las del otro, con las que siempre se es más respetuoso y para las que sí se buscan y emplean los eufemismos y las metáforas y los términos neutros. 'Tengo la polla en su boca o ella tiene su boca en ella, puesto que ha sido su boca la que ha venido a encontrarla. Tengo la polla en su boca', pensé, 'y no es como otras veces, como tantas veces desde hace mucho tiempo. La boca de Muriel es succionadora como noté desde el primer momento, desde que la besé, pero no es tan espaciosa y líquida como la de Clare Bayes. Le falta saliva y le falta sitio. Sus labios son bonitos, pero un poco finos, y están parados; o, más que parados (que no lo están, pues noto mucho su movimiento), carecen de flexibilidad, son rígidos. (Son como cintas tensadas.)'

(...) Mucho más incomprensible que ir a tenerla, como la tendré muy pronto, metida en su sexo, pues en su sexo -es de esperar- no habrá habido nada durante las últimas horas, mientras que en su boca ha habido chicle y ginebra y tónica y hielo, y humo de cigarrillos, y cacahuetes, y mi lengua, y risa, y también palabras que yo no he escuchado. (La boca siempre está llena y es la abundancia.) Ahora no bebe ni fuma ni mastica ni ríe ni dice nada, porque tiene mi polla en la boca y está distraída, y sólo eso cabe. Yo tampoco hablo, pero no estoy distraído, sino que estoy pensando.

c) Lo hice tal vez para defendernos, para no quedarnos solos frente a esa música . La levanté en vilo y la llevé hasta el sofá, y allí me arrodillé para beberla, y de repente, al entreabrir sus muslos, recordé la primera vez que hice el amor, el primer beso, la primera mujer, el momento irreparable en que la gracia inundó mi vida. Cerré los ojos y el sabor húmedo y salado de Laura me trajo hasta la boca el sabor del mar, la primera ola, la primera playa, la primera pelea, la primera vez que me partieron la boca y la sangre bañó mis labios, ese sabor intenso e íntimo, tan semejante al que inundaba ahora mi boca, olores y sabores que eran aduanas, fronteras, el primer amor, la primera cerveza, el primer cigarrillo, la primera comunión, la pasta de harina apelmazada y pegada al paladar que contenía, según decían todos, la sustancia de Dios, la sangre de Dios, la carne de Dios vivo desliándose entre mis dientes, del mismo modo que aquel licor espeso contenía la sustancia de Laura.

Ella se estremeció de arriba abajo, y cuando las convulsiones dejaron de agitarla, me puse en pie y quise llevarla a la cama, pero no me dejó, me desabrochó los pantalones y hurgó entre mis ingles con unos dedos fríos que me estremecieron de repente hasta la raíz de las tinieblas, y luego descendió con sus labios hasta el centro mismo de esas tinieblas, hasta el lugar donde mi corazón había cambiado su sede, y lo bebió despacio, tiró de mis raíces, sorbió mi memoria, como si yo no fuera nadie o menos que nadie, sólo una cosa suya, su juguete, su padre, mi niña, dije, como si realmente fuera hija mía, como si estuviéramos cometiendo un horrible pecado, padre e hija, un incesto no justificado ni santificado por el amor ni certificado por la música, porque no nos amábamos, desde luego, aquello no era amor sino sed, dos animales que bajan a beber a una fuente, dos criaturas palpitantes que se encuentran en mitad de la noche y deciden amarse en vez de matarse, pero lo mismo era la muerte lo que sentí cuando ella apretó los dientes, una dentellada minúscula en mitad de las tinieblas mientras las medusas mojadas de su pelo azotaban mi cintura, y no pude contenerme más, toda mi savia se derramó en su boca como un montón de palabras no pensadas ni dichas todavía, un río de palabras antes de la germinación, antes de hacerse carne y sangre. Pero lo mismo era la muerte.

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