l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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sábado, 1 de noviembre de 2008

De trenes, osos, rusias e idiotas

Hay dos frases en Transsiberian, la última película de Brad Anderson, sólo por las cuales merece la pena pagar los siete eurazos de la entrada. Una la dice Ben Kingsley, el policía ruso, cuando le preguntan si no prefiere la Rusia de ahora a la de antes: 'Antes vivíamos en la oscuridad' dice Kingsley con inflexiones shakespereanas, 'ahora morimos a la luz'.




La otra es sutilmente antagónica y tiene lugar en medio de una juerga de vodka en el vagón restaurante del tren. Uno de los rusos borrachos se levanta el jersey y muestra el costado marcado de cicatrices. Entonces un anciano se remanga y enseña el antebrazo tatuado con un número. '¿El Gulag?' pregunta el turista americano. El anciano asiente con una sonrisa indescriptible, cuajada de arrugas. '¿Por qué lo metieron allí?' 'Por escribir poesía' responde otro de los rusos. Y añade: 'Mira, para saber algo sobre Estados Unidos, lees un libro. Para saber algo sobre Rusia, coges una pala'.

No voy a dar detalles sobre el argumento, tenso e impecable. Baste decir que ayer Mijangos y yo nos metimos al cine de rebote, después de que nos fallara una comedia de Monicelli en la Filmoteca. No teníamos muchas ganas de ver Transsiberian, sobre todo después de la estúpida campaña de promoción televisiva, una de las más tontas que recuerdo. Sin embargo, yo había visto dos películas anteriores de Brad Anderson, ambas de terror y ambas excelentes: Session 9 y El maquinista. La garantía de tener a Ben Kingsley en el reparto bastó para decidirnos y, la verdad, no nos arrepentimos.

Hay películas que hacen soñar con visitar algún día los lugares donde se rodó. Transsiberian no. Transsiberian da mucha ganas de no ir a Rusia. Nunca. Jamás. En la puta vida. Ni de broma. No sólo por el frío, los malos modos policiales, la miseria generalizada, la brutalidad, la tristeza. El Transiberiano es como una cárcel con ruedas. Los retretes están atascados. Las ventanas no pueden abrirse. Las azafatas parecen haber estudiado el oficio en Kolimá. No nos extrañó que la película estuviera rodada en Lituania y en China, porque de haber sido rodada en la auténtica Siberia y Putin o su clónico sucesor hubiera visto los resultados, probablemente ahora habría que verla con ayuda de una pala.

Más que los actores, extraordinarios todos ellos, el auténtico protagonista de la película es el tren, esa larga cinta de ruedas y raíles que cruza la inmensidad de la nieve, y el opresivo silencio de un espacio en blanco que no es Asia ni Europa sino todo lo contrario. Siete mil ochocientos y pico kilómetros de nada absoluta. Ben Kingsley se merienda literalmente la pantalla en todas y cada una de sus apariciones hasta el punto de que Mijangos exclamó: '¿Pero qué le ha pasado a Gandhi?'

Ahora bien, la auténtica columna vertebral de la película es Emily Mortimer, una actriz maravillosa que encandila desde las sombras, no desde la luz. Eduardo Noriega demuestra que, al contrario que el baloncesto, el cine español necesita del exilio para que sus pivots crezcan. Su personaje es una muestra sutílisima de atracción sexual y dobladillo maligno, una recreación mucho más compleja y matizada, por ejemplo, que el torpe mazacote por el que le dieron el Oscar al Bardem, un actor que lo hubiera merecido más por cualquiera de sus otras actuaciones en vez de ese papel de asesino que podía haber incorporado perfectamente una pata de jamón con una peluca.

En cuanto a Woody Harrelson, es admirable cómo sigue empeñado en pasar a la Historia como el tío más tonto del séptimo arte. Ni Mijangos ni yo podíamos imaginar a nadie, actor o no, que hiciera creíble el rol de marido tonto de la baba con el que Harrelson complementa a Mortimer y suaviza la película. Su colección de idiotas fílmicos es sencillamente admirable: no puedo recordar una sola película en la que Woody Harrelson no haya hecho de idiota. Fue el asesino a sueldo idiota de No es país para viejos, el sargento idiota de La delgada línea roja, el editor porno idiota de El escándalo de Larry Flint, el marido increíblemente idiota de Una proposición indecente, el asesino en serie idiota de Asesinos natos (película realmente idiota donde las haya) y otros idiotas que se me olvidan.

No en vano, Harrelson empezó su oligofrénica carrera en la serie Cheers, arrebatándole el papel de idiota a un pobre hombre que tenía todas las papeletas para ganarlo. Decepcionado por aquel segundo puesto, el aspirante acabó dedicado al cuidado y contemplación de osos salvajes en Alaska hasta que acabó en el estómago de uno. Werner Herzog filmó su historia en el impresionante documental Grizzly man. La verdad es que el pobre hombre (rubio, alto y dicharachero) se parecía muchísimo a Woody Harrelson.

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sábado, 25 de octubre de 2008

Wittgenstein sale del armario

Me tropecé por primera vez con Agustín Fernández Mallo en la presentación de una antología de relatos donde ambos participábamos: Lavapiés. De inmediato me cayó enormemente simpático aquel tipo alto y flaco que mezclaba con inteligencia y desparpajo la física cuántica con la poesía y la filosofía de Wittgenstein con el pop. Iniciamos una amistad que no se ha interumpido desde entonces, hace ya siete años, y donde salvábamos la distancia entre Mallorca y Madrid en una divertida correspondencia internaútica donde él se disfrazaba de Bertrand Russell y yo de Ludwig Wittgenstein. Las alusiones personales se barajaban con oscuras alusiones al Tractatus, a la lógica formal y al convento de monjas donde yo había buscado asilo. Descubrimos que teníamos aficiones y pasiones comunes: la teoría del caos, la física cuántica, Glenn Gould. Después nos hicimos más serios, más mayores, más viejos. Nos seguimos hablando, escribiendo y queriendo, pero yo echo de menos a Bert.



En el 2004, aprovechando mi condición de finalista de Nadal, aproveché para recomendar a editorial Destino dos novelas. No me hicieron ni puto caso. Una era Braille para sordos, de José María Mijangos, una divertidísima revisión de la picaresca contada a través de la sórdida historia de un taxista metido a novelista de kiosco. La otra era Nocilla Dream. Sobra decir que Mijangos, que finalmente publicó su novela en Martínez Roca, no ha obtenido el reconocimiento que merece, pero Agustín sí. La justicia tiene poco que ver con esto: lo que más me extrañó del éxito de Nocilla Dream fue que verdaderamente se trata de un libro inquietante, inteligente y hermoso, una de esas joyas que, como Braille para sordos, suele pasar desapercibida en los almidonados circuitos culturales de este país.

Después de mis fallidos intentos como consejero editorial, volví a tropezarme con Agustín entre los manuscritos de un humilde concurso literario, el Café Mon, donde Román Piña me había comisionado de jurado. Una noche leí de un tirón, Creta lateral travelling, el libro que a la postre se haría con el primer premio Café Mon.

Creta lateral travelling (que ahora Román acaba de reeditar bajo el sello de Sloper para que haga compañía a mis Bellas y bestias) es el diagrama, la crónica de una aniquilación. La portada, un collage de Agustín donde puede verse al viejo Wittgenstein desvistiéndose para mostrar, debajo de la chaqueta, la camiseta de Superman, es un perfecto ejemplo de ese cruce entre lo literario y lo científico, lo culto y lo pop, lo novelístico y lo poético, que es el núcleo vivo de la poética de Agustín.

El verso libre, las fórmulas científicas, las metáforas narrativas se aparean en el flujo de una prosa gélida y extrañamente conmovedora, la misma que ha hecho las delicias de los amantes de la nocilla. El desnudamiento de Wittgenstein corre parejo al strip-tease lírico de Agustín. En Creta está su embrión, su primer fulgor. En las páginas finales, las alusiones crípticas a un nacimiento entrelazadas a un proceso de radioterapia para un cáncer de pulmón, me humedecieron los ojos de lágrimas. Saltándome todos los protocolos, esa misma noche llamé a Agustín, entre angustiado y confuso, preguntándole si estaba tan enfermo como su manuscrito dejaba suponer. Me respondió riendo: qué va, hombre, qué va.

Menos mal, Bert. Tenemos nocilla para rato. Celebrémoslo.

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Che, el valenciano (o viva Chufa libre)

Anoche estuvimos de parranda mi amigo Mijangos y yo, recalando en diversos antros para dar solaz al hígado. Una de las paradas obligatorias tuvo lugar en el Bukowski, en la calle San Vicente Ferrer, una especie de ataúd adosado regentado por el bueno de Carlos Salem donde habitan diversas especies y donde Gonzalo Torrente Malvido practica eternamente en la barra su papel de poeta de terracota. Al final, como siempre, acabamos en el Honky.

Entre los principales temas que tocamos en nuestra tertulia a dos voces, estuvieron:

-el cine de Fellini.
-la novela que Mijangos ha interrumpido.
-la novela que estoy a punto de irrumpir.
-la decadencia de los pantalones vaqueros que aplanan el culo femenino en plan refajo total.
-la decadencia de Tawny Kitaen.
-la decadencia del cine italiano.
-el incomprensible auge del cine de superhéroes.
-las similitudes entre Batman y el Che.

Aquí nos detuvimos, porque acababa de estrenarse la película de Soderbergh sobre el Che, y a ambos nos llamaba la atención que le hubiese puesto el siguiente título: Che, el argentino. ¿Qué iba a ser si no? ¿Valenciano?



Conste para empezar que Soderbergh es uno de los directores más sobrevalorados del cine actual. Su debut con Sexo, mentiras y cintas de video hizo exclamar a la crítica que estábamos ante el nuevo Orson Welles, pero eso es tan arriesgado como decir que Almódovar es un director de cine (todo el mundo sabe que es cantante folk). Su plagio serial de Ocean's Eleven es como para vomitar y su versión del Solaris de Lem, una de las pocas películas que me ha hecho pagar seis euros por una siesta. Así que Mijangos y yo nos dedicamos a pensar en cómo mejorar el guión.

Mientras Valencia languidece bajo una férrea dictadura de derechas, el Che Gabbana, un veterinario de Gandía (de buena familia, pero concienciado y tal) encuentra la fórmula para revitalizar la horchata: viva chufa libre. Le comunica su idea a su amigo Fidel, un abogado a punto de terminar la carrera que está harto de la explotación brutal del litoral valenciano y de la manipulación ideológica de las Fallas. Él quiere ser ninot. Más aun, quiere ser fallera mayor. Para conseguirlo, ambos se dejan barba, se visten de guerrillero comansi en Coronel Tapioca y deciden fumar puros en lugares públicos. Protegidos por hordas de irreductibles barbudos, desembarcan en Benidorm, se atrincheran en La Albufera y, poco a poco, amparados por tóxicas nubes de humo, la horchata ideológica que promocionan resulta un éxito total. Derriban la repugnante dictadura de derechas y en su lugar diseñan una bonita dictadura de izquierdas. Fidel se hace fallera vitalicia y el Che, ninot. Fusilan gente, pero siempre en buen plan. Odian a los poetas maricones, pero no como esos homófobos fascistas, sino en nombre de la revolución. En medio siglo de paciente labor de gobierno logran que un enorme burdel de lujo se convierta en una limpia, decente y proletaria casa de putas.

Pero antes, Che se pone al frente de varios ministerios y consigue hundirlos todos en poco tiempo. Visita China y allí se aficiona a la cerveza Mao. Entonces la Coca-Cola se mosquea ante el auge de la horchata y envía una contraoferta a los trabajadores del sector agrícola murciano, donde Che ha ido para promocionar su barba. Los murcianos no le hacen el menor caso (quizá porque les habla en valenciano cerrado) y el Che cae en una emboscada antitabaco. El hombre muere, pero empieza el mito. Todo el mundo descuelga la estampita de Cristo y coloca en su lugar un póster del nuevo santo. Se pone de moda la barba revolucionaria, estilo Cristo. Sale una nueva etiqueta de ropa de marca: el Che Gabbana. Fin.

(En la foto, el Che probando el irresistible sabor de la horchata)

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martes, 1 de julio de 2008

Todos somos Manolo

Me lo dijo uno de los tipos que conozco que más sabe de fútbol, mi amigo el novelista José María Mijangos: 'Es imposible. ¿Cuándo se ha visto que ganemos algo?' Ese pesimismo metafísico, ontológico, que atenaza las piernas de los jugadores españoles nos ha acompañado durante décadas y por eso esta misma noche íbamos a asistir a un encuentro a cara de perro, a la consecución secular de la maldición o a la ruptura definitiva del maleficio. No era un partido contra Alemania sino contra el destino. Ese destino que nos había sacado la lengua en innumerables y ardientes tardes de catástrofe.




(El Cometa Halley a su paso por Viena, con la camiseta roja)


El chaval que guarda la entrada de la piscina donde voy cada día a plancharme la espalda me lo dijo con esa mezcla de estupefacción y maravilla que brilla en los ojos de todos los jóvenes que han seguido las andanzas de la selección en esta Eurocopa: 'Es la primera vez que voy a vivir algo así'. Le dije que yo también, aunque no era verdad: todavía me escocía aquella histórica final del 84, contra la Francia de Platini, en la que a Arconada se le escapó un balón por el sobaco. Pero en cierto modo, esta vez no podía suceder, no iba a suceder así, esta vez no habría malos rollos, ni codazos en la boca, ni sobacos, ni puñetas.

Momentos antes del partido, las calles de Madrid hervían por el calor, cociéndose en el fuego lento de la ansiedad y la esperanza, componiendo desde Vicálvaro hasta Argüelles, desde Legazpi hasta Plaza de Castilla, uno de esos escenarios de western antiguo, un pueblo fronterizo a la espera de los pistoleros, una calleja quemada por el sol, solitaria, vacía, traspasada por un silencio digno de una banda sonora de chicharras y una armónica de Morricone.

En los bares, la gente se aglomeraba ante el televisor: el altar tecnológico de la nueva religión. El pánzer alemán nos tuvo arrinconados los primeros minutos pero un cabezazo al poste de Torres provocó que un chino (nacionalizado español y poco familiarizado con el deporte rey) se levantara de la silla gritando '¡Dos puntos!'. Hubo que explicarle que un gol es un gol y un palo es un palo. Pero Torres, mi semitocayo, era el hombre del partido. Me lo había advertido otro de los tipos que conozco que más saben de fútbol, mi hermano Dani: 'Hoy Torres va a mojar, ya verás'. Y no se equivocó. El Niño tenía ganas y toda la noche nuestro primo de Fuenlabrada fue una pesadilla para la defensa alemana, pasando como un cohete a través de ese par de armarios roperos vestidos de blanco, esos dos kioscos de prensa que tropezaban con sus nombres al correr y que apenas podían hacer otra cosa que seguirle el rastro de la pólvora en las botas. Cuando llegó el gol, la gente enloqueció, las pinturas de guerra hablaban a gritos, quitándose de encima años de vergüenza, de agachar la cabeza y pedir justicia a los cielos.

Esta vez no. Ni el gafe de Zapatero podía con nosotros. Esta noche todos éramos Manolo, aquel hombre que se compró un bombo a plazos y que por fin podía estrenarlo a gusto. Cuando aguantamos los primeros minutos del segundo tiempo, los coletazos de rabia de la máquina de guerra alemana, ya veíamos posible el milagro. Y el baño de fútbol con que la selección roja toreó a los mostrencos germanos fue celebrado en el bar con un multitudinario baño de cerveza. No, esta vez el duelo terminó mucho antes de que el italiano pitara el final, a la maquinaria alemana se le habían descompuesto tornillos y bielas, y el gol de Torres iba a romper el marcador como el puñetazo del K.O., el tiro de gracia con que Billy el Niño abría las puertas de la leyenda.

En las calles sonaban los gritos de entusiasmo, flameaban banderas, los coches pitaban enloquecidos por la alegría de una final ganada al fin, después de tantos años y tantas decepciones. Llamé a mi hermano y me dijo: 'Esto vamos a vivirlo sólo una vez, como el cometa Halley'. El Halley que había cruzado flameando los cielos para rasgar el bombo.



(Publicado originalmente en el suplemento M2 de El Mundo el 30 de junio de 2008)

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viernes, 9 de mayo de 2008

Teoría del Titanic

La otra noche fuimos mi amigo Mijangos y yo a rebozarnos el hígado, variante homologada de la barra libre, deporte en el que siempre ponemos mucho entusiasmo. Al final recalamos en el arrecife del Honky Tonk, un lugar proclive al aposentamiento de las meninges y a la meditación trascendental donde nuestra llegada no hace subir la media de edad más allá de unos dígitos y donde, además, la música no espanta. Hay también (todo hay que decirlo) una camarera jovencísima, guapísima y tatuadísima (aunque empeñada en emular al último mohicano) que se pasa las horas martirizándose el pelo frente al espejo, estirándose la piel de la nuca con veinte años de antelación para ensayar nuevas muecas de asco con las que recibir al personal. Llevamos tres sábados más o menos seguidos yendo y casi siempre aparece una morena alta y melenuda, tipo Cher, que a Mijangos no le gusta y a mí sí, pero que nos da menos bola que un petaco de la vieja escuela. En fin, que entre unas copas y otras, Mijangos y yo fuimos de la Ceca a la Meca repasando los siguientes melones:

-el canalillo de la camarera mohicana.
-el canalillo de Sofia Loren.
-el cine italiano, en general, y Mastroianni, en particular.
-la novela que Mijangos sigue escribiendo.
-la novela que sigo sin escribir.
-el coñazo de los cantautores, que nos ha jodido la infancia, la adolescencia y la vida.
-Cher, que parecía que me estaba mirando, pero no.
-la pertinencia absoluta de la cirugía estética.
-la relación inversamente proporcional entre la prietez de una camarera maciza y su habilidad para poner copas.
-el camarero negro, sonriente y paliza de Vacaciones en el mar.



Aquí nos detuvimos porque Vacaciones en el mar es uno de los mayores atentados que se han cometido jamás en la pequeña pantalla. ¿A quién se le ocurrió reunir semejante pandilla de retrasados mentales y convertirlos en una tripulación de salidorros que sólo pensaban en follar? ¿Se acuerdan? Primero estaba el capitán, un botarate de mierda, calvo y subnormal, que se pasaba el día cenando y era incapaz de llevar a buen puerto ni siquiera una palangana. Luego, el médico, un calzonazos con gafitas que recetaba aspirinas mientras gesticulaba con su húmeda cara de ginecólogo. Después el sobrecargo, un soplapollas subnormal que se dedicaba a organizar los juegos de los jubilados en cubierta y al que imaginábamos rescatando cadáveres de ancianos de la piscina para follárselos por la noche en los botes salvavidas. Por último, un camarero tío Tom con un piano inmaculado por dentadura que no follaba porque era negro, pero siempre te apuntaba con el dedo y siempre adivinaba qué cojones querías beber. Y para guinda una imbécil repelente, rubia y tonta de bote, que se pasaba todo el capítulo rascándose la entrepierna mientras repasaba una y otra vez una lista de pasajeros donde siempre sobraba o faltaba alguien.

Todos iban de blanco, como un anuncio de Ariel. Todos llevaban pantaloncitos cortos, hasta el capitán, como si empezaran cada capítulo haciendo la Primera Comunión. Y todos sonreían. Sonreían siempre, los muy gilipollas, pensando en los polvos que se iban a echar. Tripulantes y pasajeros. Médicos y pacientes. Cada capítulo era una turmix de tres historias en paralelo y en celo: una pareja de recién casados que tenía su primera bronca a bordo y luego se reconciliaban de puertas adentro del camarote taponándose mutuamente las fisuras anales; una vieja (o viejo) desahuciada/o que embarcaba con la esperanza de echarse un último casquete; y un divorciado rijoso (interpretado generalmente por el gordo calvorota de Con Ocho Basta) que paseaba berrendo perdido por cubierta, mostrando a las claras, en sus abultados e inmaculados pantaloncitos cortos, su frustración y su erección.

El gordo salido calvorota se llamaba Dick van Patten. El capitán alopécico era Gavin Mc Leod y se especializó en papeles de uniformado con síndrome de Down. El nombre del sobrecargo era Goffer, o algo así, y el actor quién sabe quién puñetas era, pero merecería acabar sus días en un gofre, rebozado de caramelo, por empalagoso y por mamón. El camarero, ni puta idea de cómo se llamaba pero, según Mijangos, el muy papanatas salía en un documental sobre los Panteras Negras proclamando que lo que había que hacer con los blancos era cortarnos el cuello a todos, sí justo antes de pasarse el resto de su penosa y afroamericana vida sirviendo mojitos y daiquirís bajo su espantoso peinado étnico. Tampoco recuerdo cómo se llamaba el puto barco, pero para el caso podía haber sido el Titanic, porque nunca habría mejor destino para semejante piara de tarados y panolis que un buen iceberg.

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viernes, 4 de abril de 2008

Bendito Benny Hill

Ayer, mientras tomábamos la tercera copa, mi amigo José María Mijangos y yo nos acordamos una vez más de Benny Hill. Mijangos es novelista, como yo, lo cual quiere decir que su cerebro funciona como la mesa de disección de Lautréamont, una especie de vertedero mental donde al lado de unas páginas de Anthony Burgess aparecen una canción de los Police o los labios de Nadiuska. Una noche, al cabo de cinco copas, repasamos nuestro itinerario cultural que aquella velada venturosa había sido más o menos como sigue:

-la novela que él está escribiendo.
-la novela que yo no estoy escribiendo.
-su vecina, la portuguesa, que gasta bigote.
-el bigote de José Luis López Vázquez.
-las tetas de Milena Velba.
-un libro de cuentos de Daniel Sueiro (escritor lamentablemente olvidado) que lleva el increíble título de El cuidado de las manos.
-las tetas de Nadine Jensen.
-cierto editor cabrón.
-el show de Benny Hill.



Ahí nos detuvimos, porque el show de Benny Hill es uno de esos regalos totales que amueblaron nuestra infancia. Bastaba ver aparecer esto en la televisión,











subrayado bajo unos inquietantes y relojeros acordes de metal para saber que nos esperaban treinta minutos de carcajadas y felicidad absoluta. Sí, ya sé que van a decirme que el humor de Benny Hill es zafio, facilón y machista, pero no sólo creó algunos de los mejores gags visuales que recuerdo, sino que sus feroces retratos del matrimonio, de la aristocracia británica o de la clase obrera inglesa no tienen parangón. Todavía recuerdo aquel chiste del tipo que está leyendo el periódico repantigado en el sillón y su señora (uno de los adláteres de Benny, con rulos) le espeta mientras pasa la escoba: '¿No te da vergüenza llegar a casa a las cuatro de la mañana?'




Sin inmutarse, mientras pasa las hojas del periódico, Benny replica con voz de resaca: 'No había otro sitio adónde ir'.











Benny Hill vivía con su madre en un pequeño apartamento alquilado cerca de los estudios donde trabajaba. No tenía coche ni casa propia. Nunca se casó, aunque pidió matrimonio a dos mujeres y ambas lo rechazaron. Le gustaba viajar, especialmente a Marsella donde se sumergía en el anonimato de un café para ver pasar la vida en francés. La wikipedia no añade un dato que yo oí de refilón y que no sé si será cierto: que, en contraste con aquellas valkirias de largos muslos que urbanizaban sus sketchs, su última novia era una chica gordita y paralítica que iba en una silla de ruedas que él empujaba a todas partes.


La legión de macizas en lencería y los dos o tres cómicos que siempre lo escoltaban formaron una alianza perenne con sus mofletes de gordo sin remedio, sus ojos de niño travieso y su mirada siempre asombrada y asombrosa. Es uno de los pocos humoristas que se atrevió a romper el muro la cámara mirando directamente al espectador a los ojos, al estilo de Oliver Hardy. A pesar de toda la humanidad que transportaba encima, podía transformarse en cualquier cosa: un paje medieval, un patoso soldado alemán con lentes cargadas de dioptrías, un gigoló con bigote, un motero de pelo rubio, un grasiento mecánico de taller. La única vez que le falló el instinto fue al final de su vida, cuando se alió con un gángster marbellí con quien le rimaba el apellido y que no tenía ni puta gracia: Jesús Gil.







Siempre he pensado, no sé si será cierto, que los cómicos, la gente que se dedica a hacer reír, que ha hecho de la risa su oficio, llevan consigo un fardo de tristeza: la sombra que siempre viste la otra cara de la luna. Pero también poseen un halo angelical, un toque divino, la certeza de que Dios hizo el mundo sólo para hacer chistes. Tras la muerte de su madre, Benny Hill vivía solo pero seguía guardando intacta la sonrisa de niño y, plegadas en el armario, las alas de ángel: un querubín de 120 kilos que perdía el culo detrás de una minifalda.





Uno de sus admiradores se llamaba Charlie Chaplin. Michael Jackson lo adoraba y fue a visitarlo, en febrero de 1992, al hospital donde se recuperaba de un ataque cardíaco. Unos meses después, en abril, avisada por los vecinos, la policía tiró abajo la puerta de su apartamento en Teddington. Lo encontraron solo, sentado en una butaca delante del televisor encendido. Llevaba varios días muerto.





Ojalá se estuviera riendo.

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