l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Tropezando con melones - Blog de David Torres

sábado, 25 de octubre de 2008

Wittgenstein sale del armario

Me tropecé por primera vez con Agustín Fernández Mallo en la presentación de una antología de relatos donde ambos participábamos: Lavapiés. De inmediato me cayó enormemente simpático aquel tipo alto y flaco que mezclaba con inteligencia y desparpajo la física cuántica con la poesía y la filosofía de Wittgenstein con el pop. Iniciamos una amistad que no se ha interumpido desde entonces, hace ya siete años, y donde salvábamos la distancia entre Mallorca y Madrid en una divertida correspondencia internaútica donde él se disfrazaba de Bertrand Russell y yo de Ludwig Wittgenstein. Las alusiones personales se barajaban con oscuras alusiones al Tractatus, a la lógica formal y al convento de monjas donde yo había buscado asilo. Descubrimos que teníamos aficiones y pasiones comunes: la teoría del caos, la física cuántica, Glenn Gould. Después nos hicimos más serios, más mayores, más viejos. Nos seguimos hablando, escribiendo y queriendo, pero yo echo de menos a Bert.



En el 2004, aprovechando mi condición de finalista de Nadal, aproveché para recomendar a editorial Destino dos novelas. No me hicieron ni puto caso. Una era Braille para sordos, de José María Mijangos, una divertidísima revisión de la picaresca contada a través de la sórdida historia de un taxista metido a novelista de kiosco. La otra era Nocilla Dream. Sobra decir que Mijangos, que finalmente publicó su novela en Martínez Roca, no ha obtenido el reconocimiento que merece, pero Agustín sí. La justicia tiene poco que ver con esto: lo que más me extrañó del éxito de Nocilla Dream fue que verdaderamente se trata de un libro inquietante, inteligente y hermoso, una de esas joyas que, como Braille para sordos, suele pasar desapercibida en los almidonados circuitos culturales de este país.

Después de mis fallidos intentos como consejero editorial, volví a tropezarme con Agustín entre los manuscritos de un humilde concurso literario, el Café Mon, donde Román Piña me había comisionado de jurado. Una noche leí de un tirón, Creta lateral travelling, el libro que a la postre se haría con el primer premio Café Mon.

Creta lateral travelling (que ahora Román acaba de reeditar bajo el sello de Sloper para que haga compañía a mis Bellas y bestias) es el diagrama, la crónica de una aniquilación. La portada, un collage de Agustín donde puede verse al viejo Wittgenstein desvistiéndose para mostrar, debajo de la chaqueta, la camiseta de Superman, es un perfecto ejemplo de ese cruce entre lo literario y lo científico, lo culto y lo pop, lo novelístico y lo poético, que es el núcleo vivo de la poética de Agustín.

El verso libre, las fórmulas científicas, las metáforas narrativas se aparean en el flujo de una prosa gélida y extrañamente conmovedora, la misma que ha hecho las delicias de los amantes de la nocilla. El desnudamiento de Wittgenstein corre parejo al strip-tease lírico de Agustín. En Creta está su embrión, su primer fulgor. En las páginas finales, las alusiones crípticas a un nacimiento entrelazadas a un proceso de radioterapia para un cáncer de pulmón, me humedecieron los ojos de lágrimas. Saltándome todos los protocolos, esa misma noche llamé a Agustín, entre angustiado y confuso, preguntándole si estaba tan enfermo como su manuscrito dejaba suponer. Me respondió riendo: qué va, hombre, qué va.

Menos mal, Bert. Tenemos nocilla para rato. Celebrémoslo.

Etiquetas: , , , , , ,

lunes, 11 de agosto de 2008

La caída del pelo románico

Este agosto andar por una calle de Madrid es como pasear por el interior de un secador de pelo, así que me he escapado a Mallorca, a Esporles, donde mi gran amigo Román Piña siempre me tiene guardado un rincón de su casa. A ese rincón lo llamo 'la perrera', y así lo expresé en la dedicatoria de Cuidado con el perro, el libro de cuentos que me editó Román. Siempre que llego a Esporles, después del gran abrazo de Román, está la gran sonrisa en la cara de Rosa, la mujer de Román, una enorme alegría en la boca de Milos, el pequeño de la familia, y una pregunta en el ceño de Andrea, la hija mayor: '¿Cuándo te vas?'

Andrea ha cumplido ya doce años y parece un prototipo de la Lolita de Nabokov, sólo que mucho más alta y con mucha más mala leche. Milos va a cumplir ocho y se encuentra en esa fase sumamente dialéctica donde en un momento quiere una cosa y al momento siguiente la contraria. Rosa cocina con méritos suficientes como para ocupar un sitio en el banquillo de Viridiana. En cuanto a Román y yo, somos como hermanos pero sin el como. Juntos hemos compartido libros, columnas, editoriales, premios, días, noches, medusas, playas, amigos, piscinas, borracheras, cigarros y sobre todo risas, muchas risas. Román es uno de esos tipos con los que me río más a gusto, aunque por esta foto de aquí abajo parezca un tío más bien serio.




El plan para esta tarde es es ir a darnos un chapuzón en la piscina y luego irnos a cenar los tres, Rosa, Román y yo, con Agustín Fernández Mallo y con Aina. Porque Román, para mí, es como el rey Arturo, y la Mallorca románica, una Tabla Redonda de donde no paran de salir amigos y más amigos de entre ese listado de caballeros artúricos que es La Bolsa de Pipas, la revista que dirige Román desde hace más de diez años, la única donde publica el poeta novel más desconocido junto al último premio Nadal.

Novelista, poeta, editor, columnista, periodista y un montón de cosas más, Román es, ante todo, un criador de amigos. Más o menos a su vera, gracias al contacto pipista, he conocido a Agustín, a Aina, a Felipe Hernández, a Diego Prado, a Angela Vallvey, a Max, a Emilio Arnao, a Javier Jover, a Carlos Jover, a Juan Planas, a Eduardo Inda, a Agustín Pery, a Inés Matute, a Joaquín Llorens, a Miguel Dalmau, y a un largo y casi siempre mallorquín etcétera.

La amistad, para mí, es una cosa muy seria. Hay gente (algunos no andarán muy lejos) que cree que la amistad consiste fundamentalmente en lamer el trasero de alguien en espera de una recompensa futura. Hay otros para los que la amistad no es más que un as en la manga a la espera de completar un trío. Hay otros que simplemente dan asco. La amistad, sin embargo, no espera ni cambia ni alquila: es esa extraña aleación vital de la que hablaba Montaigne que no tiene nada que ver con sexo, vínculos familiares, jerarquías sociales ni nada que no sea el puro e intransitivo placer de ser ella misma.

Conocí a Román hace ya casi una década. He visto crecer a sus hijos. He visto cómo sus espesos rizos griegos se iban espolvoreando de canas y él ha visto cómo el pequeño cráter de mi calva iba ensanchándose hasta formar una ecuménica tonsura. La otra noche nos bañamos junto a Milos sin más bañador que la luna y hoy vamos a compartir el máximo de intimidad que pueden permitirse dos varones antes del intercambio de saliva. Hoy vamos a cortarnos mutuamente el pelo.

Etiquetas: , , , ,

miércoles, 18 de junio de 2008

Falsificaciones

Uno de los mayores y más rentables fraudes de la actualidad consiste en la falsificación de objetos de marca. Los chinos son líderes mundiales del mercado. Por poco menos de mil euros, su señora puede pasear con un clon casi indistinguible del mismo bolso que pasea Carla Bruni por las pasarelas de la fama. Por cien o doscientos euros, uno puede adquirir una imitación casi perfecta de un reloj de lujo cuyo precio, en realidad, es de cinco o seis mil euros. Hace poco, en un bar, un vendedor ambulante me ofreció uno y lo pagué religiosamente con billetes del Monopoly.






Hoy en día es difícil distinguir la realidad de una copia barata. El año pasado descubrí que uno de mis mejores amigos, uno de esos grandes y viejos camaradas que me acompañan desde hace más de una década por los vaivenes de la vida, era más falso que un euro turco. Nada puede garantizarnos la procedencia del Rolex que cuelga de la muñeca de ese tipo de la inmobiliaria que va a estafarnos con un piso, sobre todo teniendo en cuenta que una garantía o un título de propiedad es mucho más sencillo de copiar que un complejo mecanismo de relojería. Probablemente ni siquiera la estafa sea auténtica. Para evitar este tipo de disgustos quizá lo mejor sea actuar como si todo a nuestro alrededor fuese made in China, incluidos nosotros mismos.

Siempre habíamos sospechado que las Baleares no eran unas islas de verdad, sino sólo un archipiélago de pega. En verano, la hermosa Ibiza revela su condición de vistoso decorado de exteriores. Como en un cortometraje de road movie en el desierto de Nevada o en el pasaje de una novela de Agustín Fernández-Mallo, Ibiza existe sólo para que esa pobre gente que sale de las catacumbas de alcohol y decibelios tenga un mar de papel de plata al fondo de las gafas de sol, unas cuantas rocas y pinos que contemplar en el trayecto que va de la discoteca al aeropuerto.

En cuanto a Mallorca, su condición de irrealidad, de escenario de película, la pregonan a los cuatro vientos esos carteles pagados del bolsillo de los contribuyentes que suplican que la gente hable el idioma de la tierra en lugar del alemán. Mallorca está plagada de falsificaciones, desde camisetas de fútbol hasta hipotecas quiméricas. En Escocia venden castillos con fantasma incluido pero Climent Garau ha perfeccionado la técnica del timo inmobiliario hasta el punto de vender únicamente el fantasma. Ni siquiera en la letra pequeña venían unas instrucciones para armar una casa prefabricada.

Por encima de la ensaimada y la sobrasada (productos autóctonos que, ante la imparable demanda internacional, ya se importan del extranjero) el ladrillo es el verdadero emblema nacional mallorquín. Pero resulta que aquí incluso el cemento es falso. No es de extrañar que Carlos Delgado haya impugnado el Congreso Regional del PP tras descubrir que muchos compromisarios sólo eran maniquíes de escaparate y muñecas hinchables.




(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el lunes 16 de junio de 2008)

Etiquetas: , , , ,

sábado, 17 de mayo de 2008

Leonard Mlodinow: El arco iris de Feynman

Este libro es el recuerdo emocionado de un genio: Richard Feynman. Mlodinow lo conoció en una auténtica escuela de genios, el Caltech, donde Feynman compartía despacho junto a otro de los gigantes de la Física actual, Murray Gell-Mann. Mis conocimientos de la disciplina no van más allá de unos cuantos parámetros elementales, los que he aprendido en unas cuantas lecturas dispersas y unas pocas y jugosas conversaciones con dos poetas extraordinarios que se han servido de la ciencia para hacer avanzar su escritura más allá de los cauces tradicionales: Agustín Fernández Mallo y Álvaro Muñoz Robledano. En el primero, la huella de la física cuántica o de la matemática del caos aparece por todos lados, en poemas y novelas; en el segundo se trata apenas de una insinuación, un perfume, una pisada que, sin embargo, impregna todo el esqueleto de su obra. Basta decir que los dos son grandes escritores y grandes amigos míos. Fue Álvaro quien me regaló el libro de Mlodinow.

Sin embargo, aparte del fulgor de las teorías científicas, este libro es una lectura deliciosa, una evocación de la juventud perdida, cuando el autor aún andaba dando palos de ciego en busca de un camino que lo sacara de una temible parálisis intelectual. El Feynman que se encontró en el Caltech era un hombre condenado por el cáncer, un genio enfermo y extravagante que sin embargo aún disponía de tiempo no sólo para trabajar en los misterios más profundos de su disciplina sino también para perderlo con unos cuantos alumnos. La imaginación, la maravilla, la despreocupación y la alegría eran parte del arsenal con el que Feynman se enfrentaba a un problema irresoluble. Así consiguió descubrir la causa, aparentemente banal, de la explosión del Challenger, y con esa misma actitud de juego total se dedicó, décadas antes, al difícil arte de tocar los bongos.




En el libro Feynman funciona como una línea de margen, uno de esos personajes secundarios que de cuando en cuando aparecen para conducir la historia hasta su estuario. Mlodinow descubre un día, en un examen médico, que puede padecer cáncer de testículos y los médicos le dicen que la muerte está a la vuelta de la esquina, pero la simetría -esa extraña magia del universo físico- lo salvará. Todos se ríen cuando decide ponerse a trabajar en un guión cinematográfico con ribetes de fantasía científica. Es toda una ironía (o quizá no, quizá sea tan sólo un dobladillo del orden secreto que rige el mundo) que Mlodinow, uno de los primeros en postular la teoría de las dimensiones infinitas, acabara trabajando en Hollywood para la serie Star Trek.

A la postre, fue Feynman quien lo ayudó a encontrar su propio camino y lo hizo a la manera de un maestro zen, a fuerza de rasgar velos, de darle coscorrones y mostrarle lo estúpido que puede ser a veces el exceso de inteligencia. Una tarde, el viejo maestro le contó una parábola acerca de un mono que logró acercar unos plátanos hasta su jaula gracias al manejo de un palo. Luego le preguntó qué conclusión sacaba de aquella historia. Mlodinow ensayó respuestas brillantes, comparó al mono con Galileo por su capacidad de dar nuevos usos a viejas herramientas. Feynman se rió en su cara: 'Lo que yo aprendería de tu historia es que si un mono puede hacer un descubrimiento, tú también puedes'.

Etiquetas: , , , , , , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com