l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Che, el valenciano (o viva Chufa libre)

Anoche estuvimos de parranda mi amigo Mijangos y yo, recalando en diversos antros para dar solaz al hígado. Una de las paradas obligatorias tuvo lugar en el Bukowski, en la calle San Vicente Ferrer, una especie de ataúd adosado regentado por el bueno de Carlos Salem donde habitan diversas especies y donde Gonzalo Torrente Malvido practica eternamente en la barra su papel de poeta de terracota. Al final, como siempre, acabamos en el Honky.

Entre los principales temas que tocamos en nuestra tertulia a dos voces, estuvieron:

-el cine de Fellini.
-la novela que Mijangos ha interrumpido.
-la novela que estoy a punto de irrumpir.
-la decadencia de los pantalones vaqueros que aplanan el culo femenino en plan refajo total.
-la decadencia de Tawny Kitaen.
-la decadencia del cine italiano.
-el incomprensible auge del cine de superhéroes.
-las similitudes entre Batman y el Che.

Aquí nos detuvimos, porque acababa de estrenarse la película de Soderbergh sobre el Che, y a ambos nos llamaba la atención que le hubiese puesto el siguiente título: Che, el argentino. ¿Qué iba a ser si no? ¿Valenciano?



Conste para empezar que Soderbergh es uno de los directores más sobrevalorados del cine actual. Su debut con Sexo, mentiras y cintas de video hizo exclamar a la crítica que estábamos ante el nuevo Orson Welles, pero eso es tan arriesgado como decir que Almódovar es un director de cine (todo el mundo sabe que es cantante folk). Su plagio serial de Ocean's Eleven es como para vomitar y su versión del Solaris de Lem, una de las pocas películas que me ha hecho pagar seis euros por una siesta. Así que Mijangos y yo nos dedicamos a pensar en cómo mejorar el guión.

Mientras Valencia languidece bajo una férrea dictadura de derechas, el Che Gabbana, un veterinario de Gandía (de buena familia, pero concienciado y tal) encuentra la fórmula para revitalizar la horchata: viva chufa libre. Le comunica su idea a su amigo Fidel, un abogado a punto de terminar la carrera que está harto de la explotación brutal del litoral valenciano y de la manipulación ideológica de las Fallas. Él quiere ser ninot. Más aun, quiere ser fallera mayor. Para conseguirlo, ambos se dejan barba, se visten de guerrillero comansi en Coronel Tapioca y deciden fumar puros en lugares públicos. Protegidos por hordas de irreductibles barbudos, desembarcan en Benidorm, se atrincheran en La Albufera y, poco a poco, amparados por tóxicas nubes de humo, la horchata ideológica que promocionan resulta un éxito total. Derriban la repugnante dictadura de derechas y en su lugar diseñan una bonita dictadura de izquierdas. Fidel se hace fallera vitalicia y el Che, ninot. Fusilan gente, pero siempre en buen plan. Odian a los poetas maricones, pero no como esos homófobos fascistas, sino en nombre de la revolución. En medio siglo de paciente labor de gobierno logran que un enorme burdel de lujo se convierta en una limpia, decente y proletaria casa de putas.

Pero antes, Che se pone al frente de varios ministerios y consigue hundirlos todos en poco tiempo. Visita China y allí se aficiona a la cerveza Mao. Entonces la Coca-Cola se mosquea ante el auge de la horchata y envía una contraoferta a los trabajadores del sector agrícola murciano, donde Che ha ido para promocionar su barba. Los murcianos no le hacen el menor caso (quizá porque les habla en valenciano cerrado) y el Che cae en una emboscada antitabaco. El hombre muere, pero empieza el mito. Todo el mundo descuelga la estampita de Cristo y coloca en su lugar un póster del nuevo santo. Se pone de moda la barba revolucionaria, estilo Cristo. Sale una nueva etiqueta de ropa de marca: el Che Gabbana. Fin.

(En la foto, el Che probando el irresistible sabor de la horchata)

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jueves, 10 de julio de 2008

Los Hombres G

Ferrán Adriá, ese buhonero capaz de vender aire en botella, dijo que la comida del futuro vendría del Japón y la última cumbre del G8 le ha dado la razón al genio. La comida del futuro es la japonesa, para los que tengan comida y para los que tengan futuro. Con una cena pantagruélica de 19 platos, los nuevos mandarines han demostrado que el problema del hambre en el mundo tiene fácil solución, siempre que uno vaya con la cartera llena.



Es sabido desde los tiempos de María Antonieta que los pobres no comen porque no quieren. Su muy graciosa majestad preguntó una vez a un chambelán por qué los pobres armaban tanto jaleo y el hombre respondió: 'Es que no tienen pan'. 'Pues que coman pasteles' respondió la humorista. Han pasado dos siglos, unas cuantas revoluciones fallidas, el hombre ha llegado a la luna, rodaron cabezas de reyes, sus herederos republicanos se quitaron la peluca, y todavía corre el mismo chistecito. Tal vez porque medio mundo sigue sin enterarse que para comer bien sólo hay que darse un garbeo por la guía Michelin o, en su defecto, llamar a Teletorta. La gente, que es cerril e ignorante.

Sentados a una mesa atiborrada de viandas, con los cinturones a reventar tras la comilona, a lo que más recuerda esa triste pandilla de mandamases del cotarro mundial es a una cena de los Soprano. La preocupación se notaba en la pechera de Bush (por la foto no sabría decir si se quitó la corbata para imitar el recorte de gastos propuesto por Miguel Sebastián o si se anudó encima una servilleta) y también en el rictus céreo de Berlusconi, que no se sabía si se le fue la mano con el botox o si dejó en su lugar a un maniquí para irse a piropear a las camareras.

Sólo la cena costaba un ojo de la cara: la cara oculta del planeta Tierra. Nadie comprende muy bien para qué seguir armando estas francachelas de amigotes ricos pero está claro que la G mayúscula que encabeza tanta glotonería corresponde exactamente a lo que ustedes están pensando. La G de quienes pagan todos los platos rotos. Como Cándido después de destrozar el cochinillo, estos ocho magníficos saben que ellos no van a barrer los pedazos.

Las cumbres de los Hombres G (Angela Merkel hacía de cuota) cada vez se parecen más a las canciones de los Hombres G. Fiestas para pijos, problemas de erección, tontunas de niños ricos. Es normal que los periódicos cada vez se interesen menos por los temas que tratan entre banquete y festín, y más por los manjares con que se refocilan y recochinean. Lo más interesante que Bush puede sostener entre sus manos es la carta del restaurante (no va a sostener su currículum). Como receta contra el hambre en el mundo, Berlusconi sólo puede recetar mozzarella. Menos mal que África no entraba en el menú, que si no, se la comen.


(Publicado originalmente en El Mundo el miercoles 9 de julio de 2008)

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